Publicado: 1ero de Enero de 2009
Air & Space Power Journal - Español  Cuarto  Trimestre 2008


Sistemas Aéreos No Tripulados: Entre la Panacea y la Ilusión

Comodoro (FAA-R.) José C. D´Odorico

El Conflicto

EXAMINAR LA situación es una sana actitud cuando se inicia una investigación inductiva. Por consiguiente, comenzaré diciendo que somos espectadores asombrados, nos guste o no, de uno de los acontecimientos que seguramente imprimirá su sello en el siglo XXI. Esta aserción, aunque parezca abstracta, tiene implicancias más profundas de las que prevemos. Por ejemplo, ¿no nos sentimos desprotegidos, confundidos y también maravillados, por los efectos del tsunami tecnológico que pone a prueba nuestra credibilidad?

Hagamos un breve estudio analizando un minúsculo fenómeno de la vida diaria. Hasta hace pocos años el teléfono de línea fija tenía la sobria responsabilidad de comunicarnos sin necesidad de hacer cursos previos de operación. Hoy, infinitos modelos de celulares con sus diez pequeñas teclas numeradas que sólo se manipulan con una firme estabilidad manual y menos de una docena de símbolos que dan lugar a enésimas combinaciones sólo conocidas por expertos y adolescentes, nos ponen ante el dilema de utilizarlos como registradores de imágenes, ver un programa de TV, escuchar una canción de moda, acoplarlos a una computadora o enviar un mensaje de texto. Como si fuera poco, ya están al alcance de cualquier mortal los drive pen1 que sus propietarios cuidan con mayores precauciones que si fueran tesoros piratas, porque en su interior guardan todos sus secretos informáticos.

Pero esta sensación no es percibida únicamente en la comunidad civil. También se detecta en los laberintos profesionales de la defensa nacional y cuando un país no consigue acoplarse al ritmo de las modernidades que le son propuestas, experimenta la deprimente impresión de quedar indefenso ante amenazas siniestras. La intricada evolución tecnológica de la defensa, como no podía ser de otra manera, tiene su epicentro en USA. En esa tierra de genialidades, donde los "skunk work teams" (equipos de proyectos avanzados) reinan por doquier, existe una pléyade de avezados vicepresidentes de marketing que se encargan de convencer a los miembros del Pentágono y el Congreso sobre la bondad y eficacia irrestricta de sus equipos militares o de uso dual. Esos prestidigitadores de la demostración y la persuasión tienen la misión de entusiasmar a los responsables de tomar las decisiones con proyectos que encierran atractivas novedades. Para forzar un asentimiento que puede ser lento y esquivo, aseguran que son capaces de resolver con menor costo y mayor rapidez las dificultades que preocupan a los jefes militares y dirigentes políticos. Por supuesto, en ese trajín no pierden tiempo describiendo las servidumbres, los problemas de mantenimiento y un puñado de gastos conexos que surgen al incorporar las nuevas tecnologías.

El negocio que esos activos gestores pueden desarrollar en el campo de la defensa llega a cifras escalofriantes. De paso, a quienes saben concertar suculentas ventas les espera una buena cantidad de dinero, por lo cual no nos debe asombrar su afán y firme compromiso con los productos ofrecidos. Si decimos que actualmente el comercio estimado de armas y equipos auxiliares para la defensa ronda los u$s 500,000 millones anuales en todo el mundo, tendremos una idea más acabada de lo que estoy hablando.

En esa singular actividad comercial, el anzuelo más tentador es la ilusoria esperanza de ir eliminando lentamente el riesgo de sufrir bajas humanas en una guerra, al mismo tiempo que se alcanzan los fines que fundamentan el conflicto. Es una de las causas que hace que los productos hoy conocidos como "no tripulados" (unmanned), tengan un poderoso e invisible imán. Publicistas y fabricantes sugieren teóricos e idílicos teatros de operaciones (TO) en un futuro no lejano, donde las guerras se podrían conducir como si fueran partidos de ajedrez que se disputan mediante teleconferencias desde salones aclimatados, donde dirigentes políticos y generales estén confortablemente instalados.

Pero el escenario así pintado huele a una fábula propia de la ciencia ficción y la revisión de los ejemplos bélicos disponibles a comienzos del corriente milenio se encargan de desarmar esta idealización. En USA, la creencia que se podría eludir la cuota de sangre que reclaman las contiendas convencionales y no convencionales, tiende a ablandar la reticencia de los congresistas resistentes a incrementar sin buenas razones los créditos del presupuesto de la defensa para sufragar programas prometedores pero onerosos.

He aquí un caso digno de tomarse en cuenta. La simpatía que han demostrado ejecutivos militares y políticos hacia ELINT (Electronic Intelligence), COMINT (Communication Intelligence), SIGINT (Signal Intelligence) e IMINT (Imagery Intelligence) en detrimento de HUMINT (Human Intelligence) ha sido notable pero a la vez preocupante, porque tal tendencia ha relegado al ingrediente clásico de esa especialidad vital. Me refiero al factor humano como instrumento de búsqueda, reunión y procesamiento de la información en ámbitos operacionales rústicos, no tecnificados y escasamente desarrollados, donde los datos se obtienen únicamente mediante contactos personales directos y merced a un trabajoso período previo de instalación de las redes de informantes.

Hoy la desazón de los directores de las agencias de Inteligencia (Icia.). es manifiesta porque están comprendiendo el grave error de atenuar demasiado muchas de las funciones del hombre reflexivo, tratando de reemplazarlo por un puñado de máquinas no pensantes e insensibles. Ningún equipo electrónico localiza, evalúa y convence a los adversarios que se advienen a proporcionar información útil. Esta observación no me lleva a decir que los instrumentos electrónicos y mecánicos deben ser descartados de los procedimientos de Icia. Simplemente estoy señalando que es imprescindible la existencia de un equilibrio eficiente entre la participación humana y las ayudas materiales complementarias, con las cuales se puede lograr importantes reducciones de tiempo y aumentar la calidad en la producción informativa.

La defensa está enfrentando un período de actualización en el que hombres y máquinas discuten su inserción en ese terreno. En adelante habrá que dilucidar con mucha ecuanimidad la repartición balanceada del trabajo humano y los equipos creados por el hombre. Pero antes de iniciar esa búsqueda, debemos explorar algo más el problema principal que es el conflicto más probable a enfrentar, el escenario donde tiene lugar y cómo se lo podrá resolver. Llenar los estantes con cacharros muy caros sin tener una idea clara sobre si llegaremos a emplearlos en alguna ocasión, es un peligroso dislate que ninguna economía suele tolerar. Por lo tanto, en esta circunstancia es aconsejable proceder con madurez y sobriedad, procurando que cualquier proyecto en trámite antes que nada sea sometido a la criba de un estudio desapasionado.

El Conflicto está
en el Ojo de la Tormenta

Un primer paso es determinar cuál es el tipo de amenaza más probable, o sea, si estamos frente a un conflicto convencional o no convencional. Los del primer tipo ofrecen menos dificultades en la identificación de las necesidades que habrá que satisfacer. Los militares tienen una vasta experiencia y abundantes doctrinas sobre las guerras tradicionales, donde normalmente hay un Estado que ataca y otro que se defiende. Ese banco de datos se conforma en base a la intervención directa o rescata la información trasferida por otros contendientes que han padecido los hechos en carne propia. Pero cuando nos referimos a las conflagraciones no convencionales, el escenario se enrarece hasta el extremo de poner en aprietos a los analistas más avezados.

En la guerra convencional hay normas internacionales (Protocolos de Ginebra) que regulan su desarrollo, aunque no siempre son respetadas rigurosamente en todos sus términos por ambas partes. No obstante, las reglas de empeñamiento del ofensor y el defensor se asemejan en sus aspectos sustantivos y cuando eso sucede, la confrontación se lleva a cabo con un estilo que me atrevo a denominar "civilizado". No es poca cosa cuando pensamos en la capacidad de devastación que hoy poseen las llamadas armas de destrucción masiva (Weapons of Mass Destruction, WMD). Sin embargo, esos criterios basados en un acuerdo tácito o expreso, no alcanzan para impedir las bajas humanas de ambas partes. Con vista a conseguir una apreciable disminución de ese lamentable tributo, los estados más desarrollados están intentando recurrir a los sistemas "no tripulados" destinados a economizar la presencia del hombre en los lugares de mayor peligro.

Pero imaginar que la humanidad apunta a la guerra sin derramamiento de sangre, donde el uso masivo y el buen funcionamiento de las máquinas podría ser el fiel que marcaría el triunfo, es acudir a una utopía como criterio operacional futuro. Ya la guerra balcánica que desarticuló a Yugoslavia en la década de los ´90s fue un primer llamado de atención. En esa conflagración quedó demostrado que aun el abrumador poder aéreo aliado, ejerciendo la supremacía del aire en el teatro, no era suficiente para quebrar la voluntad de la maltratada Serbia. El gobierno de ese Estado recién acordó un armisticio cuando había logrado sus propios objetivos y estaba por comenzar el ingreso de las fuerzas de superficie de la OTAN al territorio en disputa.

Por entonces no había UCASs (Unmanned Combat Aerial Sistems), anteriormente denominados UCAVs, proyectados como los que hoy están siendo desarrollados, el X-45B, X-47B, Neuron, la serie de los Predator (B, C) y los llamados minions por su reducidas dimensiones, operados desde una aeronave tripulada como el F/A-22 Raptor o semejante. Solamente menciono unos pocos ejemplos que están en la etapa de estudio y experimentación o en vía de ser declarados operativos a partir del 2008 en adelante. En cambio, sí fueron utilizados varios UAVs (Unmanned Aerial Vehicles) destinados al reconocimiento, como el RQ-1A Predator de General Atomic entre varios otros modelos.

Sin embargo, era tal la confianza que se depositaba en el poder aéreo después de la embriaguez doctrinaria que dominó a numerosos teóricos pos-Iraq (1991), que por un momento hasta se creyó que la maquinaria aeronáutica podría doblegar por sí sola la voluntad de un oponente. Era la reconfirmación de la antigua teoría de Douhet. Si en Kosovo los ejércitos no llegaron a combatir frontalmente, solamente se debió a una decisión estratégica de los serbios que prefirieron no arriesgar la desolación de su territorio y la destrucción total de sus fuerzas militares en una lucha muy desigual.

Hoy el avance de los UCASs es poco menos que imparable y alienta a quienes mantienen la fe en una guerra sin derramamiento de sangre o con un cupo muy pequeño consentido por las sociedades que la soportan. Personalmente creo que hay expectativas demasiado optimistas sobre estos y otros sistemas de armas robóticas. Apoyando este enfoque, se están abriendo tímidos debates sobre las reales aptitudes de los vehículos aéreos y sus modos de empleo. Podría sumarme a esa posición, pero pienso que hay que aprender a ser paciente y esperar que futuros escenarios bélicos convencionales y no convencionales comiencen a brindar información más amplia y completa sobre cual es el real aporte de esta tecnología. Por ahora hay muy pocos datos sobre utilización de UCASs en un TO real y la mayor parte de las especulaciones son precarias, por lo que carecen de la confiabilidad que otorga la marquilla "probado en combate".

En cambio, los conflictos no convencionales ofrecen situaciones y ámbitos de investigación más fértiles para los industriales interesados en esta materia. Por lo general, se trata de conflictos que muchas veces son erróneamente catalogados como "problemas policiales" y por lo tanto pueden ser resueltos por entidades civiles sin tener que recurrir a otras capacidades del Estado. En estos casos dudosos, la intervención de los ingenios aéreos no tripulados de mayor complejidad y tamaño por ahora no cautiva el interés de las autoridades políticas ni de los comandantes militares. La defensa gubernamental no persigue la supresión física masiva de los atacantes sin tomar en cuenta factores políticos, sicológicos y sociales que existen en esos TOs. De allí que los industriales propongan también un surtido de sistemas no letales pero suficientemente prácticos como para lograr la neutralización de los oponentes y facilitar su captura.

En esta clase de contiendas y hasta donde es posible prever, la participación directa e intensiva del hombre en el combate es una exigencia sine qua non que difícilmente pueda ser eludida interponiendo sistemas robotizados, aunque sean controlados a distancia. Donde más se requiere la presencia humana es justamente en las actividades de Icia. En la contienda no convencional, HUMINT ha reafirmado su valor histórico y las agencias de Icia. mundiales así lo están reconociendo como si fuera un disimulado acto público de contrición.

En estas "nuevas" guerras, la participación equilibrada de los artefactos no tripulados y las unidades integradas por combatientes adecuadamente equipados, es probablemente uno de los problemas tácticos que tendrán que resolver los comandantes militares en el presente siglo, puesto que cabe esperar que esta clase de confrontaciones prevalezca decididamente por sobre las clásicas. Hoy ya existe una variedad considerable de aeronaves y también de vehículos de superficie operados mediante controles remotos, cada vez con más sensores a bordo e inclusive armas ofensivas. A priori, de este modo se logra un interesante decrecimiento del riesgo personal durante el cumplimiento de las tareas.

En los Estados Unidos se están evaluando los llamados Future Combat Systems, cuya eficiencia se fundará en la velocidad y la información sobre el enemigo. Por lo pronto hay dieciocho proyectos individuales en marcha, que incluyen ocho vehículos tripulados, cuatro UASes, anteriormente denominados UAVs, y algunos robots de superficie para el reconocimiento, detección cercana, trasporte de municiones y también ataque a objetivos. Estos programas tienen un costo global calculado entre u$s 125 000 y 150 000 millones, por lo cual es el emprendimiento más caro del US Army. Se supone que la primera unidad operativa dotada con estos medios estará lista alrededor del 2014, aunque los primeros sistemas comenzarán a ensayarse desde el 2008. Entre los proyectos está el Armed Robotic Vehicle 6x6 que puede disparar misiles desde una torrecilla que gira 360º y el Mounted Combat System que es lo más parecido a un tanque sin personal a bordo. Otra novedad es el Foster-Miller Swords, un robot pequeño que se mueve sobre orugas y dispara un arma automática de 12,7 milímetros.

Estos sistemas futuristas solamente podrán ser patrimonio de las fuerzas militares de las grandes potencias que invierten en la defensa cifras anuales muy elevadas, pero además tienen capacidades industriales para mantenerlos en servicio. Conociendo que el presupuesto anual de la defensa en los Estados Unidos es superior a los u$s 400 000 millones, la pregunta obvia es, ¿qué otro país sería capaz de financiar desarrollos semejantes?

Cavilando sobre este particular, me pregunto, ¿porqué las fuerzas norteamericanas se enfrascan en estos proyectos tan caros que inciden pesadamente en sus cuentas fiscales? Creo que la respuesta tiene un par de aristas. Por un lado, en el país hay corporaciones extremadamente dinámicas y creativas que saben cómo hacer para asegurar la continuidad productiva de sus fábricas. Por otro lado están quienes tienen la responsabilidad de defender a ciudadanos e instituciones. Desde ese ángulo, diría que los funcionarios comienzan a comprender que los conflictos heterodoxos de duración indefinida pueden originar interminables sangrías que debilitarán el apoyo político popular, comprometiendo la participación de la nación en las guerras muy prolongadas a las que me estoy refiriendo.

Para configurar una situación que favorezca la obtención del triunfo en una coyuntura como la planteada, los líderes políticos necesitarán producir varios hechos que prevengan esos riesgos siempre latentes. El primero, tal vez uno de los más importantes desde el punto de vista estratégico, es encontrar el modo de asumir y mantener la iniciativa contra el oponente. El segundo, tiene una estrecha relación con el anterior y se refiere al control de la situación para no dejarse arrastrar a una lucha inacabable con resultado incierto. El tercero, consiste en acortar la contienda y ganarla con un costo aceptable, lo cual dependerá de las circunstancias previas. El cuarto, procurar que una elevada pérdida de vidas llegue a influir sobre la libertad de acción de la conducción estratégica por falta de sustento popular para la campaña.

El grupo que resuelve iniciar una guerra no convencional normalmente conoce por anticipado el marco restrictivo que tiene su víctima y por ese, más otro puñado de motivos que no voy a citar en bien de la brevedad, intentará canalizar las operaciones hacia un TO de tipo urbano, donde la crónica debilidad numérica insurgente o delictiva puede ser compensada mediante el uso de tácticas accesibles a sus reales capacidades. En una zona urbana es sabido que las fuerzas militares no pueden utilizar libremente todo el poder de fuego que usualmente poseen. Me refiero a la aviación, las unidades blindadas y la artillería en particular.

El confinamiento de las operaciones en una zona urbanizada neutraliza las mayores ventajas gubernamentales. De allí que las fuerzas legales involucradas en esta clase de guerra traten de encontrar equipos auxiliares que puedan ayudarle a aumentar la precisión y rendimiento limitado del poder que están en condiciones de emplear, coleccionar información de combate, limitar la exposición de su propio personal y reducir los daños colaterales tan frecuentes como negativos en estos conflictos.

En Busca del Equilibrio

Habiendo esquematizado en pocas palabras el conflicto más probable y su ambiente estratégico operacional básico, haré a continuación algunos comentarios sobre un problema que desde el punto de vista militar es uno de los cuadros más incómodos que se le puede presentar a una conducción superior. A mi entender, es la situación planteada por el estallido de una contienda que no había sido prevista dentro de las hipótesis retenidas por un país y por ende no había recibido la debida atención de los órganos planificadores. No obstante, puede presentarse inesperadamente y el gobierno tiene que hacerle frente.

La guerra no convencional no se presenta ante la sociedad como un acontecimiento abierto y explícito, impulsada por un contendiente identificado con nitidez que comienza el ataque el día D a la hora H. Acostumbra a asomar como una escalada de violencia progresiva disfrazada con particularidades de una supuesta revuelta doméstica. La efervescencia se potencia con reclamos políticos y sociales que sirven para encubrir las verdaderas motivaciones del enervamiento popular. La apelación al engaño se hace para ofrecer una fachada embaucadora, por cuanto las razones verdaderas suelen ser mantenidas ocultas por el agresor para no aumentar prematuramente la desconfianza de la comunidad civil.

Sin embargo, la violencia que acompaña estas manifestaciones inestabiliza la tranquilidad interna y exige la intervención de fuerzas estatales para restaurar el orden. Cuando los funcionarios políticos y de la defensa no comprenden que se está gestando una confrontación de trascendencia superior a la insinuada por los primeros actos de rebeldía, son más propensos a intentar mantener la calma con medidas menos enérgicas. A veces se confunden con los lemas usados por los grupos levantiscos y se muestran más tolerantes de lo que debieran para sortear los eventuales reproches de autoritarismo usados para neutralizar el ejercicio de la legítima autoridad.

Frente a esta clase de contiendas, hay gobiernos que en los primeros momentos proceden como si el desafío hubiera sido lanzado por delincuentes comunes. No se dan cuenta que con ese modo de actuar le dan tiempo a la organización insurgente para avanzar con su plan y fortalecer su estructura, permitiéndole subir la apuesta contra la autoridad legal. En este caso, los efectos crecientes de la agitación acentúan la preocupación oficial y llevan a las autoridades a convocar un mayor número de fuerzas civiles y militarizadas, incluyendo servicios especiales, para contener lo que empieza a mostrarse como una alteración seria y creciente de la paz. De no ceder los disturbios, la intervención de las fuerzas militares es una cuestión de tiempo y oportunidad aunque para entonces el Estado habrá perdido la iniciativa, cuya recuperación será compleja.

Si la crisis avanza con este ritmo, el Estado tendrá un indicio firme y fehaciente que está frente a una contienda que será prolongada y tendrá amargas derivaciones internas que pondrán a prueba la estabilidad institucional. Si las fuerzas militares cuentan con unidades de operaciones especiales, entrenadas para lidiar contra quienes no se manejan con las reglas de empeñamiento de las contiendas comunes, tratarán de preservar a sus efectivos con equipos y tecnologías acordes con el tipo de combate previsible. Estas fuerzas saben de antemano que tendrán que exponerse ante su enemigo para erradicarlo y eso significa que durante el proceso habrá inevitables bajas humanas.

La tecnología bien aprovechada es un recurso que puede aminorar la cantidad de pérdidas y de allí el interés de los comandos de abastecerse de elementos de ese tenor. Las ofertas actuales en el mercado y los proyectos en distintas etapas de desarrollo son numerosos, como el mini avión controlado de propulsión eléctrica Mosquito (IAI, Israel) que puede penetrar en el interior de los edificios a través de las ventanas; los visores ópticos que permiten la puntería angulada sin exponer al tirador; los robots exploradores con varias clases de sensores; UAVs de los que hay una gran variedad de alas fijas y rotativas; armas que no requieren servidores para el tiro como la torrecilla móvil del Skyranger Gun System (Oerlikon-Contraves) y productos inmovilizantes no letales.

Aunque parezca irónico, el riesgo de caer en una dotación excesiva de estos elementos tan tecnificados depende en alguna medida de la aptitud comercial de las empresas productoras. Pero así como el déficit coloca a las fuerzas de defensa en una situación de necesidad insatisfecha, el exceso de equipos auxiliares puede inducir a los comandos a confiar demasiado en esos recursos, descuidando la participación humana. El caso más evidente ha sido la sobredosis de confiabilidad que se le atribuyó a los sistemas espaciales para la reunión de datos de Icia., mientras que se producía el deterioro de HUMINT.

Quienes emprenden una guerra irregular no se atan a límites estratégicos temporales y aprecian su grado de éxito en función del logro de los objetivos que se auto imponen. El uso elástico del factor tiempo en la guerra prolongada desembaraza a los rebeldes de una barrera condicionante que normalmente es tomada en cuenta en las doctrinas convencionales. Este comportamiento de los insurgentes debe ser captado a tiempo por la defensa para diseñar su propia estrategia, preparar un programa financiero de sostenimiento y seleccionar sus reglas de empeñamiento. Si bien estas consideraciones contribuyen a encontrar la apropiada adecuación al marco general del conflicto, no deben ser pasadas por alto cuando se evalúe un reclamo de mayor apoyo tecnológico que signifique la incorporación de equipos que aumenten la capacidad de Icia. y Operaciones.

Todo conflicto que se extiende en el tiempo exige un estrecho control de los presupuestos anuales asignados a la defensa, porque una guerra de larga duración puede afectar severamente a otras áreas del Estado. Esta circunstancia impone que los pedidos de la defensa no solamente sean moderados, sino también aceptables para las finanzas estatales. La adquisición de un sistema debe contemplar el costo inicial, la operación intensiva durante la vida útil y el mantenimiento eficiente a lo largo del período de referencia. El reclutamiento, la formación de especialistas, el entrenamiento de las dotaciones, el abastecimiento fluido y la asignación orgánica de los equipos también demandan importantes cantidades de dinero y su administración es una tarea continua de autoridades civiles y militares.

En algunos países e instituciones siempre hay sectores que tienden a sobredimensionar la necesidad real de las fuerzas militares. Esa actitud poco juiciosa debe ser firmemente contenida y para esos fines las instancias superiores del gobierno deben ejercer un permanente y ceñido control. Quedan incluidas en esta recomendación las inversiones en equipos que pudieran tener una utilización inferior a sus capacidades; el sobre abastecimiento de algunos elementos en detrimento de otros y el empleo desordenado de los sistemas robóticos con la excusa de preservar la intervención humana, que concluyen afectando el cumplimiento de la misión.

El empleo exagerado de tecnología avanzada en el TO puede resultar tan negativo como el déficit. De ese modo se puede adjudicar a las máquinas un exceso de responsabilidad ejecutiva, lo cual es inadmisible para el cumplimiento de una misión. Por eso no está demás enfriar los entusiasmos y las esperanzas que se depositan prematuramente en algunos sistemas. Siempre conviene reconocer que la fijación de la frontera entre el hombre y la tecnología es un delicado proceso que generalmente necesita ser dirimido en el Estado Mayor Conjunto (EMC) u otro órgano de jerarquía semejante. En este trance, no es ocioso recomendar que ese cuerpo superior unificador de los servicios militares, aprenda a aislarse de la seducción practicada por los fabricantes de productos para la defensa.

Sin embargo, no hay que creer que un EMC tiene una fórmula magistral para fijar por anticipado la proporcionalidad que debe haber entre combatientes humanos y los equipos que pueden sustituirlos en ciertas intervenciones peligrosas. Es imposible establecer un criterio uniforme. Cada decisión debe ser elaborada para cada escenario particular. No hay duda sobre el valor que tienen las experiencias previas, pero no pueden obligar la adopción de opciones sin atender las condiciones de cada coyuntura. En cada oportunidad habrá que examinar la situación general y particular en el TO, identificar con precisión la naturaleza y calidad de la amenaza, calcular la demanda de combatientes humanos y extrapolar los equipos avanzados que mejor se ajusten al tipo de combate

Para encontrar el equilibrio buscado, hay una regla simple que tiene un alto nivel de abstracción. Consiste en procurar la reducción de las bajas humanas al mismo tiempo que se optimiza el cumplimiento de la misión. El estudio de cada caso específico dará lugar a una propuesta de cantidad y tipo de equipos auxiliares a emplear. Las especulaciones teóricas que se realizan en función de escenarios supuestos, sirven solamente como ejercicios intelectuales, ya que no es posible anticipar confiablemente cómo se desarrollará un conflicto no convencional donde las variables tienen desempeños alocados. No obstante, para encarar el uso de medios de alta tecnología en las unidades operativas hay que empezar por tenerlos disponibles y eso implica estimar con una anticipación razonable qué se puede necesitar, qué se puede operar, qué se puede mantener y quién lo puede proveer.

El "tsunami" tecnológico que invade el mundo, no se detiene al llegar al combatiente, es decir, no se refiere a todo aquello que es externo a su persona física y solamente le proporciona la ventaja de contar con una diversidad de medios que pueden facilitar su tarea con una mayor protección. El militar que está en la línea de contacto con el enemigo está adquiriendo el aspecto de un robot controlado a distancia, pues sobre su cuerpo empieza a hacinarse una cantidad tal de aparatos que lo convierten en algo parecido a un ser de otro planeta. Hoy las empresas no se detienen ante ningún reto que pueda tener una futura expectativa de venta y compiten para ofrecer nuevos y exóticos componentes que, según los especialistas en marketing, "deben" equipar necesariamente a los third millenium warriors (TMW) (guerreros del tercer milenio), que en nada se asemejan a los soldados que en nuestra niñez acompañábamos cuando desfilaban.

Ese TMW probablemente tenga que luchar contra individuos provistos de un arma automática que puede ser un anticuado Kalashnikov AK47, a veces estará uniformado austeramente o vestido con un atuendo casual, en pocas ocasiones formará parte de grupos numerosos, opera sigilosamente al amparo de la oscuridad y se oculta en las construcciones de una zona urbana. Tal vez haya sido provisto de un handy (radio portátil) para contactarse con sus colegas dispersos, pero no le faltarán las municiones. Esa clase de adversarios, ¿necesitará ser enfrentado por unidades de TMW?

Haciendo un análisis puramente objetivo, entre ambos oponentes hay notorias diferencias de equipamiento. Sin embargo, a pesar de esa diversidad, ambos contendientes poseen medios para masacrarse mutuamente porque los dos cuentan con armas mortíferas. Si evaluamos el caso con un enfoque táctico, diríamos que en principio cualquiera de los dos rivales estaría en condiciones de cumplir las tareas que pueden llegar a encomendarles sus respectivos jefes. Si ambos tienen que maniobrar en lugares incómodos, no es descabellado imaginar que el TMW se puede enredar en sus propios equipos, en tanto que el guerrillero conservará una envidiable facilidad de movimiento y, contradictoriamente, esa puede ser una desigualdad fatal para el soldado robotizado.

Finalmente, en materia de seguridad, el TMW estará mejor protegido que su rival irregular y este resultado se debe a especulaciones distintas. En un conflicto prolongado, los jefes insurgentes saben que los hombres y mujeres que comandan son una especie de "producto", un "objeto" sacrificable en homenaje al fin que se proponen. Es un motivo para justificar la no previsión de equipos que aumenten la posibilidad de supervivencia de los guerrilleros; una segunda razón, es puramente logística y económica.

En cambio, el soldado profesional y los reservistas convocados, son considerados por el Estado y la sociedad personas que merecen todo lo que se les pueda poner a disposición para que conserven su vida. Cada futuro TMW llevará sobre sí mismo una pequeña fortuna en equipos, pero más importante que cuidar esos adminículos para que continúen prestando buenos servicios, es evitar que se produzcan bajas humanas excesivas o inútiles.

UASs/UCASs: Panacea, Ilusión

El equipamiento del TMW es un problema aún sin definición que estimula no pocas discusiones entre expertos. Pero nosotros ya tenemos elementos de juicio para empezar a discurrir sobre la participación que pueden tener los UASs/UCASs en guerras que desde no hace mucho tiempo el mundillo de la defensa comienza a investigar en profundidad. Es por eso que el marketing industrial somete a los centros de decisión y a las fuerzas militares del mundo a un intenso bombardeo publicitario, presentando propuestas que están dirigidas a convencer a los interesados potenciales sobre la importante contribución que los vehículos aéreos no tripulados, armados o no, pueden y podrán hacer a la guerra en el aire y cómo esas condiciones positivas se usufructuarán en la superficie.

Quienes auspician a los UASs/UCASs todavía no informan con suficiente claridad si estas plataformas tendrán un comportamiento análogo en los conflictos convencionales y en los que no lo son. Mientras tanto, quisiera destacar que en las guerras irregulares, la intervención del poder aéreo es objetivamente distinta a la observada en una contienda de tipo histórico. El enemigo paramilitar no posee nada que pueda ser considerado un esbozo de fuerza aérea y por lo tanto, el poder aéreo defensivo no tiene un adversario formal al cual neutralizar. El uso circunstancial de aeronaves, como en la masacre del 9/11, no configura la existencia de una fuerza aérea o algo parecido. Más aún, los objetivos materiales fijos, móviles y humanos en la guerra heterodoxa no se compadecen con los que existen habitualmente en una confrontación convencional.

La expectativa que se crea en torno de la presentación de proyectos y propuestas de UASs/UCASs es tan intensa, que sus autores piensan que están al borde de relegar a muchas de las actuales plataformas aéreas tripuladas al rincón de los trastos viejos. Los defensores de estos ingenios insisten en que los vehículos no llevarán seres humanos para operarlos y así insuflan sutilmente la ilusión de una guerra sin derramamiento de sangre de jóvenes pilotos. Esta es la carta de triunfo con la que piensan quebrar la circunspecta resistencia que interponen quienes ven que en esta generación de sistemas de armas aún hay muchas preguntas sin responder o están contestadas a medias.

En tales plataformas robotizadas se puede embarcar una variedad de sensores y armas. Si el control de los vehículos aéreos se realizará desde lejos o desde una aeronave que volaría en la proximidad de los lugares donde operarían, especialmente las versiones armadas, sigue siendo una incógnita sin despejar. En principio, la operación se efectuaría en base a visores electrónicos e imágenes trasmitidas a gran distancia. Eso equivale a suponer que en el lugar o cerca de los hechos, no habría un operador inteligente con una visión acabada del terreno, conocimientos y facultades discriminatorias, capaz de evaluar, producir y modificar decisiones en un santiamén mediante una rápida elaboración mental.

En la guerra no convencional, la presencia de oficiales con atribuciones ejecutivas en el sitio donde suceden los hechos, es un requisito que no debe ser pasado por alto. Si en un TO convencional hay sorpresas para los comandos tácticos, en los no convencionales, más inestables y de arquitectura errática, estas impremeditaciones se repiten con frecuencia y demandan réplicas muy rápidas que raramente pueden esperar para ser procesadas en los escalones jerárquicos superiores. En esos escenarios tan imprevisibles, la iniciativa es una exigencia que llega a un nivel jerárquico poco acostumbrado en las situaciones regulares.

Se dirá que los UASs/UCASs pueden proyectar en tiempo real la imagen del área donde operan sobre las pantallas manipuladas por ejecutivos y planificadores que dirigen las fuerzas trabadas en combate. Es una afirmación relativamente cierta. Pero tampoco debemos olvidar que se trata de cuadros panorámicos fríos que arriesgan la captación parcializada de los elementos activos que interesan. En la guerra no convencional, las observaciones incompletas o las equivocaciones que emergen de percepciones imperfectas, pueden dar lugar a serios problemas colaterales que pesan en el terreno político.

En los conflictos heterodoxos, los UASs/UCASs ciertamente tienen valiosas ventajas que facilitan la conducción. Con estos medios se reunirá una Icia. actualizada que aumentará la confiabilidad del planeamiento, sobre todo el inmediato. No obstante, la disponibilidad de estos vehículos no debe sugerir la reducción de la HUMINT y mucho menos su sustitución. En un clima de gran inestabilidad operacional, continúa siendo deseable la presencia humana en el lugar donde se recogen los datos útiles para la Icia. Solamente un observador directo y experimentado puede hacer una síntesis inteligente y extraer conclusiones en un ambiente táctico donde el uso permanente de la sutileza, el ingenio, el engaño y la diversión son utilizados permanentemente por las partes opuestas.

El uso de armas ofensivas desde las plataformas no tripuladas, también merece una cuidadosa ponderación por razones similares a las antes explicitadas. El empleo de municiones de gran poder destructivo contra insurrectos, guerrillas y paramilitares en un ambiente no convencional, requiere que un comandante mida prolijamente las consecuencias que pueden acaecer en casos de error, los cuales no deben ser descartados cuando se opera a distancias considerables. Una apreciación táctica imperfecta, un blanco incorrectamente elegido, la destrucción excesiva de un objetivo o una puntería mal realizada, pueden determinar costos de distinta naturaleza que luego son difíciles de revertir. Quien toma las decisiones se encuentra a gran distancia del lugar de ejecución y ese detalle aumenta la posibilidad de cometer un desatino involuntario.

Es deseable que la ejecución de las decisiones en el campo táctico no quede al margen de la supervisión de una mente humana, lógica y creativa, por cuanto en un conflicto no convencional, los errores tienen un precio elevado. En las operaciones entre fuerzas nacionales bien identificadas, es normal que las resoluciones se tomen en lugares alejados del sitio donde se producirán los eventos planeados y las acciones se supervisen desde ubicaciones distantes. Pero cuando las fuerzas militares actúan contra adversarios irregulares que reniegan de las reglas de empeñamiento encuadradas en las Convenciones de Ginebra, el problema cambia.

En este caso es recomendable que un ejecutivo o delegado del comando controlante haga acto de presencia en un lugar a la vista de los acontecimientos, desde el terreno o desde una aeronave, para que realice una fiscalización en contacto durante el desarrollo de la misión. Diría que en una contienda irregular es un requisito imprescindible, ya que después de la hora H + un minuto es altamente improbable que un plan preconcebido compatibilice sus previsiones con la reacción del enemigo, sobre todo cuando el oponente se caracteriza por su sagacidad, criminalidad, imprevisión y falta de respeto a las normas morales del combate. No hay visores electro-ópticos aéreos que aseguren la captación absoluta de lo que acontece en la superficie y es entonces cuando la intervención humana directa se valoriza. Por estas razones, el empleo de los UAVs/UCAVs que operan sin un fiscalizador a bordo, sugiere la recurrencia a un seguimiento externo cercano.

Como los UASs/UCASs no llevan tripulantes humanos a bordo, cuando son derribados por el fuego antiaéreo despiertan a lo sumo el desagrado de quienes dejan de recibir el beneficio de sus servicios. Sin embargo, nadie lamentará la trágica desaparición de un tripulante y ese es un hecho digno de la máxima atención de quienes se tienen que ocupar del mantenimiento del apoyo popular a la guerra en curso. Pero que nadie caiga en la trampa de suponer que estamos accediendo definitivamente a la lucha armada sin derramamiento de sangre. Aún estamos lejos de esta alternativa. Simplemente se está dando un paso positivo en esa dirección, aún muy tímido y aleatorio.

Hay una cantidad considerable de vehículos aéreos y terrestres robotizados que se encuentran en la etapa de diseño, experimentación y fabricación. También vimos que se está definiendo el soldado del mañana, revistiéndolo con una cantidad insólita de sensores y ayudas electrónicas que desafían la imaginación. En definitiva, todas esas innovaciones tienden a perfeccionar la salvaguarda de la vida humana al mismo tiempo que se busca una mayor eficiencia operativa. Pero que nadie se ilusione pensando que el involucramiento directo del ser humano en el combate comienza a ser un recuerdo del pasado y mucho menos en una guerra no convencional que nos retrotrae a épocas que creímos superadas.

No cabe duda que las plataformas no tripuladas abren un camino de esperanza en los conflictos bélicos por sus cualidades en el combate. No obstante, no conviene dejarse dominar por la ilusión que engendra la publicidad profesional orquestada por los fabricantes, cuyas afirmaciones son rebuscadas y no siempre contemplan toda la realidad. Esos vehículos aéreos recién están comenzando a intervenir en operaciones convencionales y no convencionales, y muchos proyectos no han superado la fase de la experimentación. Aún hay una escasa acumulación de antecedentes, conclusiones y pruebas como para exponer opiniones más firmes.

Creo que a los UASs/UCASs les espera un porvenir más provechoso si son utilizados preferentemente en los conflictos tradicionales, aunque con las limitaciones que he señalado. En cambio no veo que puedan ser usados con parecida frecuencia en las contiendas heterodoxas. En esas guerras, que se perfilan como las más probables y asiduas en este siglo, habrá siempre una participación humana más densa en virtud de las características citadas. Sería prudente que los planificadores tomen en cuenta estos aspectos como una manera de no híper estimar las capacidades de los sistemas aéreos robotizados.

Los comentarios hasta aquí presentados me permiten redondear una opinión sintética preliminar respecto del empleo actual y futuro de los UASs/UCASs. En este sentido, no reclamo la posesión de la verdad, pero estoy convencido que mi pensamiento amerita cierta atención. La función de la exploración y el reconocimiento han encontrado un excelente instrumento para realizar en tiempo real una buena parte del acopio informativo, por la profundidad a la que puede actuar el vehículo aéreo, la claridad de los datos que colecciona y el lapso de permanencia sobre las áreas designadas. Diría que la actividad de los UASs está dejando a la fotografía aérea para cubrir solicitudes muy específicas y está provocando la paulatina disminución de los aviones de reconocimiento.

En el campo de la información, la recolección es una de las actividades que necesita ser bien ejecutada para que el planeamiento pueda realizarse sobre bases firmes. Pero es poco probable que desde el aire se logre reunir datos tan precisos y puntuales como los que hoy se requieren para batir con exactitud quirúrgica objetivos que se distinguen por su compleja implicancia política, operativa y mediática. Tampoco hay que dejar de señalar que estas aeronaves, al no contar con un piloto a bordo, solamente pueden trasmitir la descarnada visión electrónica que recogen las cámaras, pero no pueden sumar al material informativo una opinión subjetiva sobre el sector observado y el entorno.

Además, los no tripulados aspiran a apropiarse de una función ofensiva de envergadura y la imaginación de los industriales no parece tener límites al respecto. Los proyectistas creen que los UCASs podrían ser los próximos sustitutos de los actuales aviones de ataque tripulados y hasta ven en su prolífica mente aeronaves nodrizas que podrían controlar simultáneamente una decena o más de plataformas armadas, empeñadas contra distintos objetivos materiales.

Elementos aéreos tan prometedores no pueden menos que apasionar a los planificadores un tanto precipitados, pero la historia nos recuerda que quienes se dejan hipnotizar por las superficialidades, luego la realidad se encarga de despertarlos bruscamente de su ensoñación. Los más vehementes creen estar en las vísperas de encontrar una panacea a los problemas que presenta el combate en el aire y desde el aire, partiendo de una combinación equilibrada de UASs y UCASs, tal vez incluyendo en el sistema de conducción algunos aviones tripulados actuando como nodos de control embarcados.

De haber nuevas guerras tradicionales, cabe esperar una participación más intensa de las plataformas no tripuladas en sus versiones de reconocimiento y ataque. Pero dijimos que estos conflictos, si bien no desaparecerán, tienen una visible tendencia a decrecer. En cambio, la evolución de las amenazas nos lleva a pensar que se multiplicarán las contiendas de carácter no convencional. En esos conflictos es donde los vehículos sin tripulación tendrán una intervención más reducida que en el caso previo, aunque los UASs reclamarán la mayor incidencia.

La participación aérea en las contiendas irregulares seguirá requiriendo el aporte de aviones económicos de ataque al suelo, resistentes al fuego antiaéreo y de fácil reposición. La guerra no convencional exige la intervención directa del hombre experimentado en el lugar de los sucesos. Las máquinas no piensan, el hombre sí y por lo tanto es un factor insustituible en los lugares donde se necesita discernimiento, sentido común e iniciativa.

Desde luego, quienes tengan en su inventario bélico las plataformas no tripuladas, las emplearán, pero que nadie suponga haber hallado una panacea que resolverá el intricado problema engendrado por la guerra irregular. Es fácil caer en la tentación de ilusionarse cuando manejamos las variables, pero no sucede así en un TO donde se lucha contra un enemigo falaz, abrazando una estrategia sin tiempo, que se maneja con sus propias reglas de empeñamiento y carece de un territorio propio al cual atacar.

Creo que los UASs/UCASs son plataformas útiles que también tienen limitaciones que no deben ser olvidadas para no resultar atrapados por esas incapacidades. Están lejos de constituir una panacea y no hay que dejar que se conviertan en una ilusión. La clasificación que se les otorgue dependerá de cómo se las utilice y los resultados que se obtengan, pero intuyo que el equilibrio se hallará como siempre en un punto medio. Esta opinión tiene su pequeña moraleja que puede parecer banal pero es profundamente lógica. El planificador revelará sus virtudes superlativas cuando explote las mejores ventajas de los vehículos aéreos no tripulados y abandone la idea de exigirles el desarrollo de actividades que excedan sus aptitudes materiales.

Nota:

1. Son voluminosos almacenes informáticos concentrados en chips minúsculos, fácilmente trasportados, que son conectados a las computadoras fijas para ejecutar los programas archivados.


 Colaborador

El Comodoro (R) José C. D’Odorico

El Comodoro (R) José C. D’Odorico, Fuerza Aérea Argentina, fue piloto de transporte aéreo con más de 5.000 horas de vuelo habiéndose retirado del servicio activo en 1975. Se especializó en el estudio de la guerra revolucionaria marxista-leninista y la guerra subversiva. Es autor de varios libros sobre el Marxismo-Leninismo y muchos artículos algunos publicados por la Air University Review, y el Air & Space Power Journal. Actualmente se desempeña como Asesor Honorario, Revista Escuela Superior de Guerra Aérea, FAA y corresponsal del Armed Forces Journal International, Washington, D.C. y la Revista Aérea, New York, en Argentina.


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