Documento creado: 20 de marzo de 2008
Air & Space Power Journal - Español  Primer  Trimestre 2008


El Drama de los Adolescentes Guerrilleros

Comodoro (FAA-Ret) José C. D´Odorico

Niños Soldados

Fuente: Informe de la ONU sobre Niños Soldado, 2004

En el curso de los paramilitares maté a alguien. Era un amigo que no aguantó, él no pudo terminar el curso. Fue una prueba. Me pasaron un machete para descuartizarlo mientras estaba vivo. Él estaba amarrado. Me rogó no matarlo. El comandante estaba mirando, me decía: "¡Hágale, hágale!" Todos los pelados [mustaches] estaban ahí. Finalmente lo hice. Le corté el cuello, los pies y los brazos. Me sentí muy triste y lloré.

—Entrevista de Human Rights Watch con "Humberto",
Bogotá, 1 de junio de 2002.

Tenemos un Problema

PRIMER PASO, tenemos un problema. Segundo paso, hay que estudiarlo en detalle para comprenderlo. Tercer paso, encontrar una solución tentativa. Lógica pura, pero a veces la lógica se enreda en sus propios laberintos y en el caso del que me ocuparé creo que hay motivos de sobra para inquietarnos. Vamos al grano. Los analistas de la defensa están percibiendo que en fuerzas militares precarias y organizaciones paramilitares, con bastante más frecuencia en las últimas, algunos componentes de la tropa o la banda de forajidos tienen muy poca edad. A decir verdad, son niños y adolescentes que están lejos de su madurez.

¿Sorpresa en ese descubrimiento? Más que una sorpresa diría que es una flagrante falta de atención de los observadores que hoy se asombran. La historia militar relata numerosos eventos que registraron la participación de pequeños enrolados. Las armadas y sus grumetes, músicos, los tambores del ejército y a veces hasta sus abanderados han contado con el valiente protagonismo de niños y adolescentes uniformados que supieron graduarse de héroes durante los combates.

Me pregunto, ¿se sentirán menoscabadas las Fuerzas Aérea por no contar entre sus filas con paradigmas de esta clase? Agudizando la mirada sobre la intervención prematura de esos jóvenes aprendices en operaciones militares, me pregunto si había una razón suficiente que no alcanzo a divisar para justificar la tolerancia de tales presencias en posiciones que muchas veces entrañaban la muerte.

Pero no tratemos de englobar en una categoría única, basada en la edad, a estos incipientes guerreros porque no todos fueron o son impelidos a desempeñar esa función del mismo modo. Sin embargo, con una tendencia simplificadora, los analistas están en vías de cometer un error por un lado y por otro adjudicar un desmérito. Me refiero al manejo de la denominación que priva para identificar a los minúsculos combatientes, a los cuales se los bautiza "niños-soldados" (Children-Soldiers). Me temo que sea una generalización inadecuada y procuraré explicar mi punto de vista.

Los uniformes deslumbrantes y las armas que simbolizan el poder, siempre han tenido una enorme atracción sobre los jovencitos, que sueñan con ser lucidos actores de brillantes acontecimientos épicos. Nunca han podido escapar a ese magnetismo. En antiguas épocas, tanto los que lograban eludir el estricto cerco hogareño como los que carecían de padres que los supervisaran, se acercaban a los centros de reclutamiento para postularse como un miembro más en los ejércitos que se formaban con ciudadanos dispuestos a luchar por la independencia territorial, desembarazarse de ocupantes indeseados o cualquier otra causa justa.

El enrolamiento militar de esos niños y adolescentes era estimulado por la admiración que despertaban los soldados veteranos, un incontenible deseo de contribuir a construir una patria que requería con urgencia la solidaridad de sus hijos, una precoz sed de andanzas galanas y el encandilamiento, la excitación que despertaban los triunfos. Esos acicates recalentaban la mente de los jovenzuelos cuando veían marchar por las calles a entusiastas reclutas que estrenarían su arrojo en un próximo choque bélico. Por supuesto, la efervescencia desbordante duraba hasta que asomaban las primeras miserias de la guerra.

En esos marcos históricos no llamaba la atención que los pequeños insistieran en ser tenidos en cuenta en las unidades militares a cambio de un uniforme, un alimento y la posibilidad de sumarse a los mayores. Así ingresaban esos proyectos de adultos a los ejércitos y las armadas, donde muchas veces dieron probadas muestras de increíble valor. Ideas patrióticas, ambición de servir a grandes conductores, obstinación, generosidad y por que no visión de futuro, son adjetivaciones con indiscutibles títulos que se reúnen en el legítimo "Child-Soldier".

Esos jovencitos que querían madurar antes de llegar a la edad debida, cuando el común de sus pares aún tropezaba en las torpezas clásicas del crecimiento, tenían la oportunidad de mezclarse con los horrores de la guerra y llegaban a recibirse de soldados sin cortapisas, tal vez sin poder contener sus lágrimas y sus añoranzas de otras épocas, tal vez mojando sus pantaloncitos no siempre de su medida, tal vez superando instantes de terror que los paralizaba momentáneamente.

La conciencia del deber y el deber ser, vencían las aprehensiones más agudas que silenciosamente les aconsejaban retornar a lugares menos tremebundos como eran sus hogares. Así, duramente, conquistaban el ansiado galardón de ser soldados. Con humilde admiración, creo que ellos sí merecen ser considerados "niños-soldados" en concordancia con la designación de nuestros días.

También Hay Otros

El tiempo no ha pasado en vano y aquellos ejemplos de donoso valor juvenil han quedado arrumbados en la trastienda de la historia porque esa clase de leva ya ha dejado de ser admitida por las fuerzas armadas regulares modernas. Pero no es óbice para que en algunos rincones de la tierra todavía haya algunos bronces que perdieron su bruñido con el paso de los años, donde se recuerda a "children-soldiers" que vivieron, dejaron una saga detrás de sí y posiblemente murieron arrebujados en su ilusión romántica. Aquellos arquetipos humanos ya no existen, gracias a Dios, pero premiaron con su recuerdo a las generaciones siguientes que los reverencian y elogian. No tengo reproche que hacer a la designación utilizada, fueron, estuvieron y murieron por su ideal como todo soldado digno.

No obstante, ya en otras condiciones y otras circunstancias, siguen habiendo nuevas generaciones de "niños-soldados" porque visten un uniforme, reciben una disciplinada educación castrense y tienen la oportunidad de convertirse en hombres de bien mientras cumplen un proceso evolutivo normal y ordenado. Son los adolescentes que asisten a institutos escolares secundarios especiales, donde su formación intelectual y física se realiza en estrecho contacto con los austeros principios de la milicia y la participación de instructores de las fuerzas armadas.

Cuando concluyen sus estudios, son investidos como oficiales de la reserva y a partir de allí quedan preparados para brindarle sus servicios militares al país cuando se les demande. Después, unos continúan su educación superior en institutos militares para oficiales, otros lo hacen en universidades donde se gradúan como profesionales en artes liberales. Sin embargo esas promociones de hombres modernos tienen algo en común. Los criterios castrenses que conocieron durante su proceso educativo crearon en ellos un acervo ético-moral que los marcaría para siempre. Ya no existe el "child-soldier" de tiempos remotos, pero la tradición no desapareció totalmente, por el contrario, ha evolucionado y se ha perfeccionado. Hoy ofrece a los adolescentes una opción más rica y moderada que fortalece su personalidad y beneficia al país donde nacen.

Pero la idea de incorporar a niños y adolescentes a grupos armados con un destino inaceptable, aún tiene vivencia para vergüenza de los individuos que aún la cultivan. Sin tener datos confiables, colijo que está en un lastimoso crecimiento en algunas regiones del mundo, donde dirigentes inescrupulosos de tenebrosas organizaciones, buscan militantes a cualquier precio. Por supuesto, en este caso ya no se trata del "child-soldier" histórico con el cual, justo es decirlo, se diferencian decididamente. Ese título pienso que ha quedado enterrado junto con los huesos del último pequeño que tuvo el honor de ser su portador.

Los que a continuación mencionaré, nada tienen que ver con los leales a una bandera, a un país, a un ejército nacional. En adelante me referiré a los jovenzuelos que son incorporados, normalmente sin contemplaciones, a facciones paramilitares irregulares que luchan usualmente contra las autoridades legales de un Estado por razones ideológicas, políticas, religiosas, étnicas o para proteger la explotación de sustancias ilícitas. Se trata de las entidades que hoy promocionan todas las contiendas no convencionales que estallan en el planeta.

A mi juicio, ya no cabe adjudicar el honroso título de "child-soldier" a estos combatientes imberbes. Al mismo tiempo y en salvaguarda de la verdad, es pertinente reconocer que la más de las veces esgrimen las armas forzados por individuos adultos que apoyan o luchan por causas que merecen el repudio de los ciudadanos democráticos, de quienes se atienen a las leyes y respetan las libertades propias y ajenas. Al avanzar en este comentario, dejaré aclarado por qué pienso así.

Son muy pocos los adolescentes que se suman a las guerrillas ilícitas por voluntad propia, por un ideal que desconocen o no entienden, por un deseo de servir que no tienen o siquiera por el interés que despierta la aventura. En una abrumadora mayoría son incorporados contra su voluntad por jefes guerrilleros necesitados de cubrir bajas que no consiguen reemplazar con individuos adultos o piensan que los jóvenes son más fáciles de manipular, de obligarlos a actuar de manera determinada o de someterlos.

Los adolescentes que se sienten tentados a abandonar esos delincuentes regimentados, tienen que tener valor suficiente para superar la amenaza de muerte que le dirigen sus supervisores paramilitares. En las filas ilegales, las deserciones no se toleran y los que se arriesgan a huir lo hacen a sabiendas que el castigo es drástico.

En tanto el adolescente tenga edad y la fuerza indispensable para sostener un Kalashnikov AK-74 o una escopeta Itaka y sus correspondientes municiones, es un subordinado que moderadamente sirve a los intereses de sus estrechos controladores. Esos menores de edad, que inesperadamente se ven envueltos en la vorágine de las operaciones guerrilleras, pierden su inocencia en situaciones trágicas y pronto, por acostumbramiento, hasta se pueden convertir en fríos manipuladores de la muerte. Al igual que las fieras salvajes que prueban carne humana, el joven guerrillero comienza a cebarse mientras su conciencia le dice que el asesinato de una persona es un acto mecánico que complace a sus jefes y sólo depende de la certeza de un proyectil.

En ese clima de profunda perturbación anímica, la elección es directa e inexorable, matas al otro o te matan a ti. En caso de pérdida de estos jovenzuelos, a los jefes de la guerrilla les resulta más sencillo encontrar adolescentes que individuos maduros para engancharlos a sus formaciones irregulares. En esos grupos ilegales, los miembros no jerarquizados equivalen a un material de consumo. Si bien los líderes intentan preservar la integridad física de sus socios, la precaución no está determinada por sentimientos altruistas sino por la necesidad de que sumen su contribución en el combate. Para esos individuos, probablemente sea más fácil reemplazar a un guerrillero caído que hacerse de nuevas armas en sustitución de las que se pierden durante los encuentros.

Por eso me resisto a adjudicar a estos precarios guerreros la misma designación que merecieron los niños voluntarios en otros momentos históricos. Considero que el nombre de "guerrilleros adolescentes" los pinta con mayor realismo. Por otro lado describe con más exactitud la actividad concreta de quienes revisten ese carácter. Lo normal es que esos jovencitos lleguen a las filas guerrilleras como consecuencia no querida de un secuestro o hasta de la entrega forzada que hacen padres que son amenazados de muerte. Diría que sobran los dedos de una mano para contar aquellos que desean libremente correr una aventura, escapar de sus hogares o tal vez hacerse de algún dinero extra. No obstante, unos pocos siempre hay. Son esos que se dan cuenta algo tarde que han sido engañados y cometieron una tontería.

Los lectores atentos seguramente habrán advertido que hasta ahora no he hecho distinciones de género, simplemente porque no las hay. Tanto los, como las adolescentes son útiles a los fines de las facciones alzadas en armas. La presencia de las mujeres jóvenes en las guerrillas, ayuda a retener a los varones que así resuelven las presiones masculinas en el lugar de residencia sin tener que alejarse de allí. Eso sí, las infidelidades y los asaltos sexuales a las compañeras de otros colegas pueden atraer dolorosos castigos a los exaltados, propinados por los jefes que están obligados a mantener una estricta disciplina en la organización. El desenvolvimiento de la rutina de los guerrilleros, no importa la edad, también exige que se eviten los desbordes en las relaciones internas.

Los "Guerrilleros
Adolescentes" al Desnudo

Por consiguiente, en adelante tampoco haré diferenciaciones entre varones y mujeres, salvo algún hecho especial. Los "guerrilleros adolescentes" que se agregan de oficio a los activistas preexistentes no se convierten en robots humanos de manera automática. Llegan a su nueva comunidad con la candidez e inquietudes propias de su escasa edad, algunos de ellos sin haber conocido una escuela, otros con una instrucción escolar ultra precaria.

Procedentes de hogares modestos y con una educación familiar llena de falencias, sumada a una vida plagada de necesidades, bruscamente se encuentran en un mundo jamás antes supuesto. Esos jóvenes reciben sin demora un adoctrinamiento ideo-político condensado y sustentado en afirmaciones que no pueden ni deben discutir, pero está estructurado para que esté al alcance de su limitada capacidad intelectual. Paralelamente son sometidos a un fatigoso entrenamiento paramilitar y como saldo de ese período básico, pronto comprenden que la desobediencia no es sancionada con un cariñoso reproche, sino con penas muy duras.

Guerrilleros de la FARC

      Guerrilleros de la FARC

El recluta se da cuenta que su persona entre esos hombres y mujeres curtidos en luchas por la supervivencia tiene un valor diferente al que solía asignarle su familia de origen, donde el control de la natalidad seguramente no es uno de los preceptos mejor respetados. Esos jóvenes reparan que en adelante, después de pasar por el proceso de aprendizaje inicial, necesitan un período de consolidación para que su desempeño responda satisfactoriamente los requerimientos de los jefes. Ese rendimiento es la sustancia de su incorporación al grupo armado. En esa fase de su conversión, mucho importarán las enseñanzas que le deje el entrenamiento táctico.

El contacto temprano con las armas produce un impacto inigualado en el carácter del adolescente. Es una sensación para la cual no estaba preparado, pero enseguida se da cuenta que el arma que le confían acompañada con un paquete de recomendaciones sobre su cuidado, se constituirá en su sombra, su alter ego, su ángel protector personal y su defensa de última instancia. De ese modo se inicia una estrecha comunión entre el adolescente y el fusil capaz de terminar con la vida de otras personas.

Por primera vez el jovenzuelo siente que adquiere un poder que antes nunca tuvo, al extremo que ahora posee la potestad de determinar si otro ser humano continuará viviendo o no. Nunca había pasado por un trance semejante en su corta existencia. Es una impresión demasiado fuerte para un mozo que tiene dificultades para dejar atrás la niñez, por lo cual los efectos sicológicos que le deja ese hecho nunca lo abandonarán.

Ante esa catarata de novedades, la maduración del novicio se acelera. Se vuelve desconfiado, la risa se hace esquiva en su rostro juvenil, es menos locuaz y se concentra en sí mismo. Con sus ocasionales compañeros se vuelve cauteloso, cuida más lo que dice y hace porque las penas por los errores cometidos no son livianas. Si recibe ropa camuflada de soldado, siente que aumenta su importancia individual e incipientemente comienza a simpatizar con el nuevo status. Eso no le hace perder de vista que en algún momento tendrá que enfrentarse decisivamente con rivales aguerridos que harán caso omiso de su juventud y su status en la guerrilla.

No todos los grupos ilegales tienen fondos suficientes para abastecer a sus huestes con equipos modernos. El ejemplo de las FARC y el ELN de Colombia no es frecuente. Esa situación no se repite en otras partes del mundo donde los militantes se tienen que conformar con elementos primitivos de supervivencia y lucha. Las guerrillas colombianas, merced a la protección que le brindan a los narcotraficantes y a la producción propia de drogas, disponen de un financiamiento excepcional que les permite contar con abastecimientos de óptima calidad.

El entrenamiento del "guerrillero adolescente" es impartido sin atenuantes por su poca edad o su endeble físico. El tratamiento rudo curte su cuerpo y su siquis, apresurando el arribo de la adultez que se instalará en un envase humano probablemente esmirriado. Difícilmente en zonas frecuentadas por los paramilitares se pueda mantener una nutrición acorde con las necesidades del joven en crecimiento. Además, nadie en particular se ocupará de ese problema. A los jefes les basta con que la tropa reciba suficientes calorías como para conservar las fuerzas. Diría que es excepcional ver algún guerrillero excedido de peso. La movilidad intensa y la austera alimentación contribuyen a la conservación de la esbeltez de los militantes.

Cuando llega el momento de la verdad para los jóvenes reclutas recientemente incorporados, es habitual que sean acompañados por miembros veteranos de la unidad que oficiarán de padrinos e instructores-consejeros. Normalmente el impacto del primer combate es muy fuerte y causa en el imberbe una reacción diversificada, siempre que tenga la suerte de sobrevivir, porque con pena hay que decir que no todos superan la primera prueba con éxito.

Las dos opciones que enfrenta el adolescente son extremas. Puede que interiormente sienta que se produce la separación entre un antes y un después, que ocurre algo que relega sus experiencias anteriores al recinto de los trastos inservibles y ahora se cierne un futuro que nunca imaginó. Como segunda alternativa puede que se quiebre emocionalmente, que dé rienda suelta a su miedo y quiera huir no importa adonde. La respuesta de sus padrinos también puede ser de doble tenor. Tratarán de tranquilizar al remanente del niño que aún queda en ese adolescente y que nunca dejó atrás sin saberlo él mismo. Le darán a entender que todo pasará rápidamente sin que su integridad física sufra daños. También pueden actuar con la frialdad de los asesinos que son y lo matarán para que el ejemplo no cunda entre los otros activistas, igualmente sujetos a las terribles tensiones del instante.

Las fuerzas legales trabadas en combate con la guerrilla seguramente no alcanzarán a distinguir que algunos de los componentes son adolescentes temblorosos y procurarán producir tantas bajas a los paramilitares como les sea posible. En el diálogo de vida y muerte que se ha entablado no hay demasiado tiempo para meditar y los involucrados de ambas partes se aferran al principio de que no hay mejor enemigo que el eliminado. La crueldad de esa clase de enfrentamientos es tradicional en todas las guerrillas. ¿Por qué? Simplemente porque las reglas de empeñamiento que les acomoda mejor, más allá de sus ideologías, ignoran las disposiciones de los Convenios de Ginebra (1949) sobre la reglamentación de los actos de guerra.

El primer combate es angustiante para los pequeños devenidos en prematuros guerrilleros. Las fuerzas estatales que los enfrentan actúan sin saber que en el bando opuesto algunos de sus contrincantes son adolescentes. Para los jefes guerrilleros, la reposición de los jovencitos caídos en los enfrentamientos es un trámite de menor complejidad. Lo importante es cubrir las bajas que tuvieron sus fuerzas. Les basta con hacer intempestivas visitas a las granjas aisladas y aldeas campesinas de la región donde operan, pues allí encontrarán el "material humano" que necesitan. Este descarnado proceso es parte de la rutina de esos individuos que están fuera de la ley. Ellos están concientes que pocos de los "guerrilleros adolescentes" sobrevivirán de las duras actividades de los paramilitares.

Los imberbes que salen indemnes de las escaramuzas inaugurales con las fuerzas legales, sufren una brusca transformación sicológica como fruto del choque que experimentan durante la lucha sin cuartel en la que participaron. Su estructura física no se acopla a los cambios registrados en el subconciente de los noveles combatientes. Dentro de un contenedor corpóreo que explicita su propia verdad, el primer indicio de veteranía impulsa la lenta germinación de la torva figura de un asesino. Es posible que el adolescente de 12, 14 o 16 años, quien sabe, tenga por primera vez una sensación mixta de angustia y una pizca de orgullo producida por la visión de alguna víctima de los proyectiles que él disparó casi al azar, probablemente con los ojos semi cerrados e invadido por el terror.

El terrible cuadro imaginado genera un clima que apresura la consumación de la transformación. El niño que a duras penas subsistía, de pronto desaparece para dar lugar en el mismo cuerpo esmirriado a una nueva personalidad. Al dejar definitivamente atrás la última huella de la infancia que aún conservaba, permite el ingreso de la figura de un asesino empedernido que intentará prevalecer. Si hubiera habido testigos de ese extravagante episodio que nos recuerda la historia del Dr. Jekill y Mr. Hyde, habrían advertido que se producía un fenómeno en el que sin preaviso se fundían una adolescencia inconclusa y una adultez que aún no estaba madura. La deficitaria síntesis resultante debe ser analizada ahora desde otros ángulos.

Antes de avanzar, ¿podemos continuar llamando "guerrillero adolescente" a ese nuevo producto humano de difícil caracterización? ¿Habrá que considerarlo de igual modo que un paramilitar adulto? ¿Cómo habrá que proceder en caso de captura? Así queda planteado un drama militar, jurídico y humano, que por igual puede quitarle el sueño a cualquier comandante de una unidad encargada de combatir a las fuerzas irregulares y de igual modo a los dirigentes de un Estado.

Durante el Combate

Cualquier comandante de una unidad operativa que ha tenido que combatir con fuerzas paramilitares organizadas en guerrillas, sabe que en esas circunstancias su iniciativa personal adquiere una relevancia extraordinaria. En esos combates tácticos, las doctrinas más elaboradas son puestas permanentemente a prueba y desafiadas por las sorpresas que hay en cada enfrentamiento. Al mismo tiempo, el jefe militar comprende que las reglas de empeñamiento que acostumbraba a usar y dentro de las cuales fue entrenado, necesitan ser revisadas diariamente para armonizarlas con la conducta de un enemigo elusivo, cambiante y maestro del engaño.

Si ese comandante tiene la lamentable experiencia de tener que luchar contra una guerrilla entre cuyos militantes hay jovencitos definitivamente adolescentes, ¿qué instrucciones les debe impartir a sus subordinados que son asediados durante la defensa o que avanzan durante un ataque? El oficial a cargo sabe positivamente que esos imberbes utilizan un arma automática como el resto de sus compañeros y están en condiciones de causar iguales daños que los veteranos. En esos momentos no está en condiciones de discernir, ni le interesa, si esos cuasi niños actúan por voluntad propia, son obligados por sus mentores, si están aterrados, han sido drogados para infundirles valor, sienten placer en lo que hacen, quisieran estar a cientos de kilómetros de ese lugar, o que otras cosas están pasando por sus mentes.

El deber del jefe militar es cumplir la misión que le ha sido impuesta por un superior jerárquico, que a su vez no ha hecho disquisiciones cuando la ordenó. Su responsabilidad incluye la preservación de la vida de sus subordinados tanto como esté a su alcance y eso significa tratar que el adversario no los convierta en blanco de sus armas. La intención del bando ilegal es absolutamente contraria y por consiguiente, cada uno de los integrantes de la unidad gubernamental, es un objetivo a batir. Todos los paramilitares sin excepción, mujeres, hombres maduros, adolescentes de ambos sexos, todos tienen la orden de derrotar como sea a sus rivales.

Como sea, no es una simple expresión voluntarista. Encubre un cúmulo de técnicas extremadamente variadas y perversas porque no excluyen ninguna triquiñuela que conduzca a la eliminación de su enemigo legal. Así de sencillo. Las guerrillas no son amigas de hacer prisioneros porque les crean una infinidad de problemas operativos y logísticos. Cuando los hacen, es porque de por medio hay una conveniencia política que será aprovechada más adelante. Para conservar prisioneros en su poder, la organización precisa una infraestructura importante y sobre todo el dominio claro de una región (zona controlada o liberada) que le sirve de espacio de amortiguación.

Estas consideraciones a veces crean en el comandante de las fuerzas regulares problemas adicionales en el tratamiento de sus adversarios durante el combate y especialmente en caso de captura. Pero entre ambos contendientes hay una clara diferencia. Las fuerzas legales no descartan la aprehensión de militantes ilegales toda vez que pueden hacerlo y, sobre todo, respetan la vida de sus prisioneros durante el tiempo que están bajo su resguardo. Los estados poseen instalaciones donde mantenerlos a buen recaudo mientras se les da un trato decente en relación con los derechos humanos.

Pero cuando las fuerzas están entreveradas en el fragor del combate, todos aquellos irregulares que tienen el propósito de aniquilar a las fuerzas estatales son considerados enemigo mortales por sus componentes y no hay tiempo ni deseos de preguntar la edad o el sexo de los que se empeñan en cumplimentar ese fin. Siendo objetivos, desde el bando opuesto tiran a matar, desde el propio se defienden de la mejor manera que pueden para conservar la vida. Ese es el cuadro que prevalece en cada choque.

El problema aflora en toda su magnitud cuando ese comandante tiene la oportunidad de hacer prisioneros entre los guerrilleros y encuentra con sorpresa como con profundo desagrado que entre ellos hay menores de edad, pequeños adolescentes que apenas pueden trasportar sus fusiles automáticos. Pero esta es otra historia, mejor dicho, aquí comienza otra historia en la cual interviene o debiera intervenir un grupo selecto de asesores y asistentes especializados, con o sin uniforme.

Es probable que los activistas veteranos de muchos encuentros afronten el momento de la captura con cierta resignación, tal vez con un velado alivio, o con cierta altanería, queriendo exhibir un hipócrita dominio de la situación. Esos combatientes nunca sabrán si su vida corre o no un peligro inminente. Hay milicias de ciertos estados poco desarrollados, cuya formación ético-moral pareciera haber sido extremadamente precaria. En esos países, el entrenamiento suele ser pobre o no se realiza y la disciplina es un criterio de aleatoria aplicación. Particularmente, los soldados no están muy bien instruidos sobre cómo deben tratar a los prisioneros y por lo tanto, en esa emergencia, actúan anárquicamente. En esos casos, los guerrilleros capturados debieran preocuparse.

Mientras tanto, el estado de ánimo de los "guerrilleros adolescentes" que perdieron su libertad, está menos templado que el de sus colegas mayores. Una vez que han sido despojados de su compañero de aventuras–el Kalashnikov—sienten como si estuvieran desnudos ante un público reprobador. Entonces dan rienda suelta a su miedo, frenado a duras penas, y con su mirada sobresaltada plantean una pregunta, "¿qué será de mí?" No se imaginan que una fracción de ese desasosiego es compartido por el comandante que los ha apresado. Ese jefe no está acostumbrado a tratar con mozuelos como los detenidos y por consiguiente alguien tendrá que hacerse cargo de ellos.

Después del Combate

A pesar de parecer innecesario, no es ocioso recordar que el asunto bajo análisis se plantea en el marco de un conflicto no convencional, irregular y heterodoxo. Esta referencia no siempre es tomada en cuenta y no pocas veces da lugar a reiteradas equivocaciones en el planeamiento político y aun estratégico. Los conflictos convencionales y no convencionales tienen enormes diferencias en sus respectivos desarrollos y si oportunamente no son tenidas en cuenta, la organización de la defensa se realizará en torno de premisas falsas. Este señalamiento tiene influencia directa sobre el tratamiento de los prisioneros después de un combate no convencional.

Cuando en una guerra clásica entre estados hay prisioneros, su tratamiento está perfectamente reglamentado internacionalmente. Incluye la reclusión en campos apropiados donde se resguardan sus derechos mínimos, compatibles con la naturaleza y evolución de la conflagración. Están sujetos a visitas eventuales de la Cruz Roja Internacional, los nombres son comunicados a los países de origen con ayuda de embajadas amigas de ambos contendientes, puede haber repatriaciones negociadas y al final de la contienda se negocia la devolución de los detenidos. En estos casos, se aplican las normas de los Convenios de Ginebra y usualmente se acepta la colaboración de delegados extranjeros para agilitar el intercambio.

En tanto los prisioneros de guerra se ajusten a la disciplina y las normas internas impuestas por los captores, no son acusados por ningún tribunal ni son sometidos a juicio a menos que hayan cometido crímenes de guerra y de lesa humanidad previstos en convenciones internacionales como el Estatuto de Roma (2002). Pero si esos prisioneros son miembros de grupos fundamentalistas como Al Qaeda, que cultivan con obcecación una ideología extrema y se valen del terror para lograr sus objetivos, o son activistas de las FARC, ejército mercenario cancerbero de los productores colombianos de cocaína, ¿se les debe dar el trato de los criminales comunes, hay que considerarlos como a soldados que caen en poder de las fuerzas armadas de otro Estado o se los considerará integrantes de una organización ilícita con características especiales? Vale la pena meditar profundamente sobre este dilema.

Por estas breves razones dije que a partir de la captura de los guerrilleros adultos y adolescentes, comenzaba una nueva historia en la que tendrían que intervenir numerosos especialistas. No es una exageración porque el drama gestado en virtud de la presencia de combatientes que tienen una considerable diferencia de edad y formación cultural, exige como mínimo darle participación a la opinión combinada de expertos idóneos en el campo político, militar, social, del derecho y la sicología.

Las especulaciones previas son coherentes con una situación que supone que la parte agredida es un Estado de mediano desarrollo económico, democrático, respetuoso de las leyes y de los convenios internacionales rubricados por sus autoridades. Pero si ese país ideal estuviera dirigido por un gobierno autoritario e incumplidor de las normas que rigen las relaciones de la comunidad internacional, ya no me atrevería a apostar en favor de la seguridad de los guerrilleros capturados.

Centremos con exclusividad la preocupación en los adolescentes, cuya presencia origina dificultades subsidiarias de incómoda solución. El diligenciamiento de los adolescentes prisioneros en el ámbito militar es sencillo, puesto que las unidades que participaron en la captura desearán desembarazarse prontamente de los detenidos. En principio, serán interrogados por la Inteligencia y luego remitidos a alojamientos seguros, distintos de los que concentran a los adultos. Desde el punto de vista de la calidad de la información, los datos que ofrecen esos jóvenes son relativamente interesentes y creíbles porque normalmente los novatos no están en contacto con fuentes importantes de la organización, aunque nunca se sabe y vale la pena intentar sonsacarlos sin ejercer presiones indebidas.

El tipo medio de los menores apresados se mostrará desorientado, sinceramente asustado y querrá regresar cuanto antes al pueblo de donde fue arrancado, dando por concluida su corta aventura guerrillera. Tampoco faltará aquél que muestre un rostro despectivo y un porte petulante delante de los funcionarios con los que tiene contacto, aunque suele ser una máscara ficticia para ocultar los temores reales que lo torturan. El "guerrillero adolescente" más peligroso es aquél que cree ser un hombre ya maduro por registrar algunas muertes en su haber y se pavonea buscando el respeto y la admiración de sus guardianes.

En síntesis, los adolescentes constituyen un terreno fértil para los sicólogos que trabajen en su recuperación. Esos imberbes inmaduros necesitan con urgencia una asistencia profesional para retornar a la habitualidad de los días previos a su incorporación en las guerrillas. Es una tarea noble que compensa ampliamente el esfuerzo que realicen los sicólogos y técnicos sociales.

Paralelamente, también los expertos en derechos humanos y jurisprudencia penal tienen una labor enorme por delante, pues hay que pergeñar normas novedosas ceñidas a la realidad que muestran esos episodios y no a lo que nosotros quisiéramos ver. Los jóvenes capturados no pueden ser incriminados como si fueran delincuentes comunes y no deben ser separados de las circunstancias que rodearon su incorporación a las formaciones guerrilleras, donde se vieron desde entonces forzados a delinquir para la organización.

Los actos de las contiendas no convencionales no pueden ser juzgados con las fórmulas, procedimientos, leyes y tratados que sirven para resolver los aspectos legales de los conflictos clásicos, como tampoco pueden ser juzgados con las estipulaciones de los códigos penales del derecho civil. Los guerrilleros en general y naturalmente los adolescentes, integran una corporación ilícita pero no operan en representación de ningún Estado y si bien cometen delitos que son sancionados por leyes comunes, no son delincuentes corrientes cuyo fin exclusivo es el enriquecimiento propio y el maltrato de la sociedad.

En otras palabras, las contiendas no convencionales necesitan ser analizadas e interpretadas en base a nuevas doctrinas y acuerdos plurinacionales que contemplen las singularidades de esas confrontaciones, tan diferentes de las guerras ortodoxas. La carga que introducen las ideologías extremistas, el empleo del terror como instrumento frecuente de lucha, las redes y organizaciones combatientes y la transnacionalidad de las operaciones, son suficientes motivos para inspirar urgentes estudios cívico-militares.

Es una tarea que requiere el concurso de los mejores académicos y especialistas en defensa, despojados de todo sectarismo y con la firme decisión de actuar asépticamente rechazando las presiones mediáticas interesadas que intentarán ejercer sin piedad las entidades que prohíjan y se benefician con esta clase de confrontaciones.

En tanto se mantenga esa deuda sin una solución consensuada de los estados que padecen esa clase de amenazas, habrá "guerrilleros adolescentes" que no pueden esperar. Necesitan una inmediata atención orientada a resolver su problema existencial y el futuro incierto que tienen. Los que sean hechos prisioneros merecen recibir una terapia de recuperación que los devuelva útiles a la sociedad, donde puedan recibir una educación que antes estuvo ausente.

La incompleta formación cultural que tienen a edad tan temprana, determina una situación apta para que sicólogos y sociólogos entrenados en estos menesteres puedan cumplir una tarea reparadora. Es recomendable que esos expertos previamente se instruyan sobre la naturaleza del conflicto que da origen a pacientes tan poco comunes. La escasa edad de los sujetos es un factor positivo para reconvertirlos en un clima de comprensión y afecto que no encontraban mientras permanecían en la ilegalidad.

El proceso puede ser algo prolongado pero al final obtendrá un galardón meritorio como es la recuperación social de un ser joven en la antesala de la adultez. Esos adolescentes, las más de las veces arrancados violentamente del seno de hogares empobrecidos, merecen tener otra oportunidad que les instile confianza para poder gozar una vida prometedora y decente.

Los jefes guerrilleros intentan hacer de imberbes sombrías máquinas asesinas, porque eso es lo que necesitan para sus fines. No los guían sentimientos filiales, sino intereses execrables. Dirigentes y comunidad unidos deben conciliar fuerzas para no dejarse vencer por las organizaciones ilícitas. Hay que impedir que aumente el número de los "guerrilleros adolescentes" que sirven de carne de cañón para que otros individuos logren aviesos objetivos.


 Colaborador

El Comodoro (R) José C. D’Odorico

El Comodoro Fuerza Aérea Argentina, (R) José C. D’Odorico, fue piloto de transporte aéreo con más de 5.000 horas de vuelo habiéndose retirado del servicio activo en 1975. Se especializó en el estudio de la guerra revolucionaria marxista-leninista y la guerra subversiva. Es autor de varios libros sobre el Marxismo-Leninismo y muchos artículos algunos publicados por la Air University Review, y el Air & Space Power Journal. Actualmente se desempeña como Asesor Honorario, Revista Escuela Superior de Guerra Aérea, FAA y corresponsal del Armed Forces Journal International, Washington, D.C. y la Revista Aérea, New York, en Argentina.


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