Document created: 20 Feb. 07
Air & Space Power Journal - Español  Primer  Trimestre 2007


Manuel DavenportÉtica Militar

Algunas Lecciones Aprendidas de Manuel Davenport

Dr. J. Carl Ficarrotta*

*Manuel Davenport, un ético militar generalmente reconocido e influyente, era conocido por mucha gente, especialmente en nuestra Fuerza Aérea, por su liderazgo, coraje moral, gentileza, amabilidad, y pícaro sentido de humor. Pienso que el inminente sexto aniversario de su muerte (murió el 31 de agosto de 2000) presenta una buena ocasión para recordar a este hombre, su impacto y ejemplo, y los métodos y doctrinas únicos que enseñó.

Agradezco al Dr. Robin Smith, jefe del Departmento de Filosofía de la Universidad Texas A&M, por invitarme a presentar la primera versión de este artículo en 2001. Muchas gracias a las muchas de personas que me hablaron acerca de Manuel Davenport mientras preparaba esa primera versión. Recientemente el Dr. James Toner del Air War College hizo varias sugerencias valiosas. De hecho, todos los editores del Air and Space Power Journal que trabajaron conmigo para desarrollar esta publicación mostraron la paciencia del trabajo. También les quedo muy agradecido.

INICIAR Y LUCHAR guerras es un asunto moralmente riesgoso. El filósofo G. E. M. Anscombe describe bien el peligro: al iniciar guerras, con frecuencia nuestras debilidades comunes han llevado a las naciones a "pensar equivocadamente que estaban en lo correcto".1 El trabajo tremendamente serio de luchar guerras presenta aún más riesgos al profesional militar en combate: "El orgullo humano, la malicia y la crueldad son tan usuales que es verdad decir que las guerras han sido en su mayor parte simplemente maldad de ambos lados. . . . Lo probable es que la guerra sea injusta, que una vida de servicio militar sea una vida mala".2 Podríamos no estar de acuerdo con las percepciones de Anscombe de la probabilidad de que fallaremos, pero ciertamente ningún otro contexto presenta tantas oportunidades para las peores clases de inmoralidad. Frente a este peligro, algunos han considerado la guerra como una catástrofe moral, que permite sin condena cualquier uso o abuso del poderío en las relaciones internacionales y cualquier método de combate en la realización de la guerra. Afortunadamente, muchos más de nosotros correctamente damos cara contra esta clase de nihilismo moral con respecto a la guerra.

Con la oposición al nihilismo y su permisividad radical debería venir aún otra preocupación: que haremos un trabajo deficiente de formular nuestros juicios morales (y los intentos bien intencionados que los acompañan para remediar o evitar los problemas). No debemos proceder inocentemente, demasiado rápido, o desde "fuera" sin una valoración de la naturaleza real de las dificultades morales encontradas en el arte de gobernar y el proceso de la guerra. Muchos pensadores han evitado estos riesgos, convirtiéndose en especialistas sabios e informados en la moralidad de la guerra, y hecho muchas contribuciones útiles para enfrentar los espinosos problemas planteados en la ética militar. Manuel Davenport fue uno de esos pensadores. De hecho, podemos entender en retrospectiva que él fue parte de un grupo élite de éticos militares que han hecho realmente bien este trabajo vital.3 La seriedad, la convicción moral y la disciplina que él trajo a la iniciativa de hacer y enseñar ética militar nos ofrece un gran ejemplo. Debemos reflexionar en ese ejemplo y ver qué lecciones nos puede enseñar en el presente.

Lecciones Sobre Cómo Enseñar Ética Militar

Los lugares donde Davenport enseñó ética militar permitieron que su trabajo como profesor tenga el máximo alcance e impacto. El Cuerpo de Cadetes Aggie de la Universidad Texas A&M normalmente tiene hasta 2.000 miembros, convirtiéndolo en uno de los grupos de estudiantes uniformados más grandes del país.4 Durante su prolongado ejercicio en A&M (que comenzó en 1967), Davenport enseñó un curso en ética militar que alcanzó a muchos de los cadetes de esta rica fuente de oficiales. Además, sirvió dos veces como profesor visitante distinguido en la Academia de la Fuerza Aérea, donde enseñó ética militar a cientos de futuros oficiales. He aquí la primera lección a aprender: como mínimo, debemos dictar cursos en ética militar cerca de todas nuestras fuentes de nombramiento.

En muchas ocasiones, observé a Davenport entablar conversación con estos estudiantes universitarios, que pronto serían nuestros líderes; siempre estaba su nivel: participativo, memorable, amable y gracioso. Sin embargo al mismo tiempo, era riguroso e intelectualmente exigente. Con el tiempo sus enseñanzas ejercieron una influencia diversa y positiva en cómo muchos de nosotros, en los servicios armados, pensamos acerca de los problemas morales; influencia que se plantaba estudiante por estudiante. Por lo tanto aquí hay otra lección que debemos aprender al reflejar la enseñanza de Davenport: no podemos enseñar ética militar correctamente usando solamente afiches, panfletos o discursos motivacionales cortos. Las preocupaciones razonables de eficiencia y apalancamiento de nuestros recursos no debe derrotar a lo que es esencial para el proceso educativo. La participación individual, estudiante por estudiante y durante períodos prolongados, es una parte vital del trabajo.

Davenport hizo más que enseñar a muchos estudiantes en edad universitaria camino a convertirse en oficiales subalternos. También enseñó a muchos profesores que después se dedicaron a educar a muchos más estudiantes universitarios. El profesorado de la Academia de la Fuerza Aérea, al igual que la de West Point, está compuesto en gran parte (de hecho, por muchos años antes de la década de 1990, casi exclusivamente) por oficiales militares. Algunos profesores militares tienen relaciones de largo plazo con la academia, poseen doctorados y tienen años de experiencia enseñando. Sin embargo, un número mayor de miembros del profesorado militar son oficiales subalternos reclutados de varios campos profesionales para servir un solo período de servicio—tres o cuatro años—como instructores en cursos introductorios de nivel inferior. Ellos deben tener un grado de maestría en artes (MA) en el curso que esperan enseñar. Si no se dispone de oficiales calificados que tengan el MA, la academia auspicia a quienes tengan las credenciales correctas para becas de investigación de 12 a 18 meses. Es decir, cuando es necesario, la institución "desarrolla" sus propios instructores subalternos.

Como se podría esperar, muy pocos oficiales militares ya poseen grados de MA en filosofía, de manera que gran parte de ellos debe recibir formación en escuelas para graduados antes de entrar a trabajar. Sin embargo, no muchas universidades pueden o podrían acomodar las necesidades de los servicios en este aspecto. Horarios cortos, estudiantes que necesitan trabajo de recuperación, estudiantes que eligen no buscar el grado de doctorado, y otras complicaciones hacen difícil que los departamentos de filosofía admitan a estos oficiales. Pero Davenport nunca dijo no. Deseoso de ayudar a los oficiales con vocación de academia, los hizo ingresar a sólidos programas de MA cuando otros no lo habrían hecho. Mediante el adiestramiento de estos instructores, influenció la educación moral de miles de futuros oficiales militares en la Academia de la Fuerza Aérea y en West Point. Aquí encontramos otra lección: no debemos descuidar las estructuras y programas institucionales que proporcionan una línea de oficiales con la experiencia necesaria para enseñar ética militar. Tales estructuras y programas (por ejemplo, educación civil auspiciada por la Fuerza Aérea, la cesión de oficiales de sus campos profesionales para estos servicios y trayectorias profesionales "no estándar", alojamiento militar con el personal de la academia, etc.) sirven como nodos críticos en nuestro esfuerzo sistemático más grande para producir oficiales de la Fuerza Aérea con carácter moral fuerte y habilidades de razonamiento moral sólidas.

Durante sus visitas de un año de duración a la academia, Davenport sirvió como consejero importante a varios jefes de departamento y fue mentor de muchos miembros subalternos del profesorado. En su primera visita, se convirtió en confidente de Malhan Wakin, un Coronel en ese momento (Wakin llamaba a Davenport su "asesor principal"). Durante su segunda visita, el Coronel Charles Myers sintió casi de la misma manera. Para los profesores más jóvenes, Davenport dirigió grupos de lectura, ofreció consejo en publicaciones, y ofreció su tiempo de forma libre y generosa, tanto en la oficina como en el café, siempre listo para ayudar con algo desconcertante, sea personal o profesional. El departamento de filosofía de la academia es sin lugar a dudas más fuerte como resultado de los dos años que Davenport pasó aquí. Otros visitantes han ejercido influencias beneficiosas similares. Compartir la experiencia de estudiosos experimentados de esta manera proporciona otro precedente importante que debemos seguir: debemos encontrar formas de duplicar esta clase de arreglo en residencia en todos los niveles de educación en ética en la Fuerza Aérea. No podemos reemplazar a Davenport, pero podemos esperar beneficiarnos del estímulo sinérgico y sostenido que un experto visitante puede traer al profesorado.

La influencia de Davenport proviene de otros lugares además de Texas A&M y la Academia de la Fuerza Aérea. A principios de la década de 1980, un grupo de oficiales militares formó una organización que les permitiría presentar artículos sobre problemas de ética militar en un simposio que se llevaba a cabo de forma regular—la Conferencia de los Servicios Conjuntos sobre Ética Profesional (JCSOPE, conocida ahora como el Simposio Internacional sobre Ética Militar). Cuando el grupo solicitó la participación de Davenport, éste aceptó de inmediato, sirviendo en el directorio del JSCOPE como su representante civil, presentando muchos artículos innovadores en la conferencia, y arreglando para que Texas A&M acoja la conferencia antes de que encontrara una base permanente en Washington, DC. Año tras año en esta organización, facilitó el pensamiento no sólo de los estudiantes universitarios y sus profesores, sino también de profesionales experimentados que aún pasaban apuros con los mismos problemas—gente ahora en los servicios militares, que tomarán tantas decisiones importantes en la lucha de las guerras de nuestra nación. Por lo tanto aquí encontramos otra lección: deberíamos continuar apoyando a los foros de ética que se llevan a cabo para que los profesionales militares compartan ideas y consulten con un grupo diverso de expertos. En resumen, deberíamos considerar la enseñanza de Davenport como modelo de lo que es posible, y buscar formas de mantener esa clase de llama ardiente (con los estudiantes universitarios, sus profesores y los profesionales que trabajan).

Lo que Enseñó: Las Doctrinas

Además de aprender del ejemplo de Davenport de ser un gran profesor con amplia influencia, obviamente no podemos negarnos a inspeccionar lo que enseñó. Sus escritos sobre ética militar revelan contribuciones útiles en dos áreas amplias. En el primero, articula y defiende algunas doctrinas específicas—extensiones o giros en varios principios clásicos de ética militar. En la segunda, nos muestra un método o enfoque que nunca debemos dejar de valorar y emular.

Las doctrinas que enseñó abarcan el espectro de problemas en ética militar: asuntos morales sobre cuándo declarar la guerra, cómo podríamos luchar, lealtad y competencia profesional, y qué suerte de gente (moralmente hablando) deben ser los profesionales militares. Trabajó ampliamente dentro de la estructura de guerra justa, familiar a cualquier estudiante de ética militar.5 Aquí pongo en relieve sólo algunas de las ideas más importantes e influyentes que desarrolló y promulgó, ideas únicas e inusuales en la literatura sobre estos temas.

Para comenzar, Davenport nos advierte constantemente de los peligros del poderío militar y la necesidad absoluta de ciertas lealtades que crean en los que conforman los servicios militares. Los peligros caen en dos categorías generales. Primero, si se les da demasiado poder, los militares generalmente no renuncian a éste; de aquí que la influencia militar crezca más allá de su ámbito, y su función se desplace de la protección hacia la tiranía. Por lo que la lealtad al estado cliente se vuelve tremendamente importante. Los servicios militares son y deben ser caracterizados por la camaradería y la lealtad fiera hacia el servicio, no obstante "la obligación con el cliente [es decir, el estado cliente] debe tener prioridad sobre la obligación con la profesión, y en esta nación [Estados Unidos] reconocemos esto por el principio del control civil de los servicios militares".6

Conectada a esta noción está la firme defensa de Davenport del principio venerable de una guerra justa: que sólo la autoridad legítima y competente—descontado el servicio militar mismo—toma la decisión de declarar la guerra. Los militares a través de la historia han sido tentados a pensar que ellos saben más que los ciudadanos a quienes sirven, con malos resultados. En la mayoría de los casos, cuando los miembros de los servicios militares "deciden quiénes son los enemigos de su sociedad y emprenden por su propia cuenta acciones que buscan la destrucción de tales enemigos percibidos, se pone en peligro la estabilidad de su sociedad en lugar de preservarse".7 Además, en opinión de Davenport, debemos retirar la decisión de declarar la guerra incluso de la gente responsable de las operaciones diarias de gobierno directo. Más bien, la autoridad para declarar la guerra debería reposar en quienes son responsables de nombrar y remover a los gobernantes—que en Estados Unidos son la gente o sus representantes. La historia ha demostrado y la razón lo confirma que "quienes gobiernan directamente son más difíciles de derrocar si poseen el poder de declarar la guerra".8 Debemos mantener a los perros de guerra con una correa corta.

El segundo peligro del poder militar se manifiesta en la conducción de la guerra. Davenport expresa serias preocupaciones sobre los soldados que en medio de la lucha se "embriagan de poder". Incluso si estos soldados reconocen que el estado cliente y las reglas de moralidad le otorgan poder para actuar con violencia, pueden estar "tentados a ejercitar el poder . . . sin restricción y alegar que era necesario para servir los mejores intereses" de sus clientes.9 Sin embargo, los militares profesionales deben "distinguir entre [sus] clientes y la humanidad" y no pueden justificar las acciones destructivas contra enemigos civiles simplemente porque tales acciones podrían promover sus propios intereses o incluso de los ciudadanos de su patria. La obligación muy importante del militar profesional es "promover la seguridad y el bienestar de la humanidad y esta obligación, [incluso] según la ley militar, tiene prioridad sobre las obligaciones con los clientes, quienes como sus compatriotas son sólo una parte particular de la raza humana".10 De modo que la discriminación entre civiles inocentes y combatientes es una de las responsabilidades más importantes de los profesionales militares. A pesar de las tentaciones por lo contrario, esta responsabilidad tiene prioridad sobre otros intereses personales o del estado.

Este mismo orden de valores léxicos condujo a Davenport a algunos puntos de vista interesantes sobre lo que constituía causa justa para la guerra. Sus opiniones son más amplias que aquellas de gente que aboga sólo por los intereses nacionales y la defensa propia. "En un mundo ideal todas las violaciones de los derechos humanos deben ser castigadas, pero en el mundo real tal vez no seamos capaces de hacerlo. Sin embargo, nuestra inhabilidad para hacerlo no debe impedirnos de entender que nuestros intentos de establecer justicia internacional pueden y deben conducir a una mayor conciencia moral y a una mejora en las reglas efectivas de la guerra. Mejorar la calidad de vida de todos los humanos es más importante que servir nuestros intereses nacionales egoístas".11

Davenport también tuvo fuertes opiniones sobre la clase de gente que necesitamos en los servicios militares, y abogó por las cualidades personales que él consideraba indispensables para el servicio militar. Explicando algunas ideas de Wakin, Albert Schweitzer y otros, señala especialmente la integridad moral y la competencia técnica experta. Exige coraje (tanto físico como moral), un sentido de vocación y la integridad personal—y exige estas fuertes demandas morales incluso en la vida privada del profesional militar. Por ejemplo, Davenport se opone a la tolerancia del adulterio en el oficial militar, aunque permanezca en privado: "No se puede confiar en una persona cuya existencia continuada dependa de engañarse a sí mismo y a otros para ejecutar obligaciones asignadas o proporcionar informes verídicos que son subjetivamente desagradables o dañinos. Tal persona . . . no puede ser un profesional militar digno de respeto".12

Promueve estas virtudes militares especiales y exigentes porque son necesarias para el funcionamiento de los servicios militares. Este enfoque funcional es ahora una forma realmente estándar de entender la justificación de las virtudes militares. Sin embargo, en todo momento Davenport observa que estas virtudes no sólo deben promover excelencia militar, sino también (y simultáneamente) una noción rica de buena vida para todos, dentro o fuera de los militares. Después de todo, lo que cuenta como un militar moral no se debe concebir aisladamente del resto de la vida moral—de hecho, un militar moral será moral precisamente porque conserva correctamente muchos bienes humanos importantes. Las virtudes del profesional militar y las de una vida humana buena como un todo deben ir de la mano y mezclarse uniformemente. Por lo tanto, las bases últimas de Davenport para todas estas exigencias en el carácter militar (es decir, excelencia militar y la idea amplia de una vida humana buena) excluyen la posibilidad de juzgar a un Nazi como un combatiente virtuoso simplemente porque, en cierto nivel, fue un buen soldado.

En cuanto a otro tema del trabajo de Davenport, éste propone que la naturaleza burocrática y abstracta de la estructura militar crea muchos problemas, especialmente para el carácter militar. En primer lugar, la estructura de los servicios militares tiende a agravar su lejanía y aislamiento del resto de la sociedad. A su vez, esto crea una tendencia a no responder adecuadamente cuando se hacen demandas no éticas a los servicios. Por ejemplo, piensa que los militares con frecuencia encuentran sus verdaderas necesidades subordinadas de manera poco saludable a intereses políticos puramente egoístas. Cree también que hay otras características de la estructura militar que crean problemas: una fuerza de sólo voluntarios no representa adecuadamente a todos los segmentos de la vida, los militares no reclutan con efectividad suficiente gente especialmente competente, y la burocracia motiva una clase de arribismo entre los oficiales que se concentra meramente en los ascensos más que en la excelencia real. Pero Davenport considera que la estructura básicamente burocrática y abstracta de cualquier servicio militar grande permanece siendo la única que puede tener y aún realizar su función. De allí que, "la organización militar debe [cuando sea necesario] cambiar su personal y sus respuestas al entorno social de manera que dentro de la estructura existente haya una mayor dedicación al objetivo militar".13 Nuevamente, él subraya la necesidad de ciertas virtudes o rasgos de carácter—ciertas clases de gente—entre los militares. Éstas son pues algunas de las doctrinas especiales que enseñó Davenport.

Lo que Enseñó: El Método

El entendimiento del método por el cual Davenport desarrolló y enseñó estas doctrinas (un método que percibí, en gran parte, por su ejemplo) demuestra de lejos la lección más difícil de aprender; no obstante, es una lección altamente necesaria en la práctica de la ética militar. En resumen, él fue sutilmente magistral—siempre imparcial sin nunca sucumbir a las tentaciones de la sobresimplificación o el dogmatismo. Dice claramente que "no debemos apresurarnos" en nuestros juicios, advirtiendo contra el "peligro y el atractivo . . . de los atajos morales" e insiste que participemos en el "cuestionamiento constante de las reglas actuales de guerra más que adherirnos inflexiblemente a los absolutos morales [simplistas]".14 De hecho, Davenport resiste todas las formas de pensamiento usual acerca de la ética militar, demostrándonos más bien una clase de sabiduría moral que nace de una humildad real ante este tema difícil. En contraste con la simplicidad engañosa y la claridad de sus escritos, ofrece una valoración profunda de la complejidad moral. En la base del pensamiento de Davenport, encontramos el evitamiento de los compromisos teóricos unidimensionales que no se aplican a la naturaleza de la experiencia moral. Con frecuencia apela a los argumentos utilitarios pero él no es simplemente un utilitario; habla de las obligaciones morales pero no coincide con Kant; y ocasionalmente apela a los principios bíblicos o filósofos teológicamente informados pero no les da lugar privilegiado en su pensamiento.15 De igual manera, se da cuenta de que las teorías morales a menudo no están suficientemente engranadas para ayudar a equilibrar valores que compiten, pero que el juicio y la experiencia moral sensible son cruciales. Además, cuando se aproxima a un asunto moral concreto, busca los hechos—todos—a pesar de saber lo difícil de discernir qué hechos tienen importancia moral. También entiende que el saber las reglas morales diarias no garantiza que de una vez sabremos cuáles se ajustan correctamente con las situaciones a la mano—o cómo. Y se da cuenta que a veces un problema involucra la falta de motivación moral o un fallo para poseer las virtudes (más que un fallo en entenderlas). Podría enumerar otras de sus advertencias, pero lo importante es que Davenport sabe que ningún algoritmo simple garantiza un juicio moral correcto, lo que es tanto un arte como una ciencia. En todos los casos, con excepción de los fáciles, no hay una manera simple de proceder.

El entendimiento de Davenport del juicio moral nos recuerda algo que dijo una vez el filósofo Jay Rosenberg acerca de la filosofía en general: aprender a hacer buena filosofía es algo que no se puede reducir a un simple juego de reglas. Algunas veces debemos ver primero cómo se hace—como aprender a bailar mirando a otro y después unirse al baile.16 Siguiendo este espíritu, observemos cómo Davenport maneja algunos casos de razonamiento moral aplicado examinando algunos casos de su método en acción.

Consideremos, por ejemplo, el análisis de Davenport de un dilema que encaraba el General Laurence Kuter, quien participó en el planeamiento del bombardeo de Dresden durante la Segunda Guerra Mundial. Cuando los escritos de Kuter y otros documentos previamente clasificados salieron a la luz en la década de 1990, Davenport estudió los memorandos asociados con la decisión del general de participar. Consideraba inmoral el ataque con bombas incendiarias a este centro poblado básicamente civil, comparándolo con una forma de terrorismo. Aparentemente, incluso Kuter creía en algo similar y se afirmó a la idea de que el "terrorismo", incluyendo el bombardeo de área, siempre era malo".17 Por lo que podríamos pensar que si Kuter mantenía estas ideas y aún planificó el bombardeo, ha debido de ser un tipo débil y acomodativo—la clase que Davenport con frecuencia afirmaba que estaba fuera de sitio en los militares.

Pero rehúsa a aceptar tal caracterización de Kuter. ¿Por qué? Observa que Kuter trató vehementemente de disuadir a sus superiores de llevar a cabo el bombardeo, pero falló: "Lo que parece evidente es que pensó que había ganado todo el valor moral que podía sostener, [y] que empujar más podría poner en peligro el futuro de su credibilidad moral".18 Dicho eso, ¿cómo piensa Davenport que la persona moral debería responder en estas terribles circunstancias?

Para responder a esta interrogante tendríamos que considerar, como lo hizo Kuter, qué curso de acción contribuiría más significativamente a ganar la guerra y salvar la paz: obediencia después de hacer conocidas las objeciones morales propias o rechazo sobre la justificación moral para continuar participando en la guerra. El General Kuter creía claramente que podía contribuir más a la conciencia moral de sus superiores y a la eventual victoria reteniendo su oficio militar que renunciando al mismo y convirtiéndose en un crítico público de aquellos que habían sido sus superiores. . . . Nos deja, como se dejó a sí mismo, limitados a preservar su integridad y servir a su nación a la luz de la incertidumbre moral. Reconocer lo finito y la falibilidad propia y a pesar de ello adoptar una posición según el mejor entender de uno nos lleva a un alto grado de coraje moral. Es más fácil actuar como un cobarde moral y rehusar a tomar una posición moral por temor a estar equivocado o ser impopular, y es más fácil aún actuar sobre la suposición arrogante e imprudente de que uno sabe lo que es mejor para todos los humanos en todo momento. La persona moralmente valerosa teme los daños provenientes de no actuar y teme los daños provenientes de la adherencia ciega a los absolutos.19

Por lo tanto, el comprometer los principios propios sin objeción, o pensarlo dos veces, es cobarde y fácil (fácil cuando menos en el momento). De hecho, un rechazo al compromiso en base a principios morales es casi sin excepción el curso valeroso, difícil y correcto—por ejemplo, cuando no hay duda sobre la inmoralidad o ilegalidad de una orden, la integridad demanda nada menos que la firme desobediencia. Sin embargo, Davenport admite la existencia, en muy rara ocasión, de circunstancias aterradoras colmadas de terribles presiones y obligaciones en conflicto en que un rechazo simple y altruista podría también ser el curso relativamente fácil, no obstante impropio. ¿Estaba Kuter realmente seguro acerca de la inmoralidad del bombardeo? Si el general renunciaba después de hacer conocer sus objeciones vigorosamente, ¿quién lo reemplazaría? ¿Sería el próximo bombardeo más fácil sin la presencia de Kuter? Sin él, ¿cuál es la probabilidad de detener otra? ¿Desafiaría alguien la conciencia moral de sus superiores? ¿Tomarían los detalles de la planificación algún paso para mitigar la inmoralidad que él percibía? Con todas estas interrogantes abiertas, el curso correcto no es evidente. Michael Walzer observa una dificultad similar en los casos raros en que debemos hacer algo, incluso cuando creemos que es incorrecto, como parte del interés general de hacer lo correcto: "Decimos que tales personas tienen las manos sucias. . . . [Aquellos] de las manos sucias, aunque puede que hayan actuado bien y hecho lo que su oficial exigía, deben no obstante llevar el peso de la responsabilidad y culpa".20 Sea que estemos de acuerdo o no con Davenport (acerca de la idea general o si fue invocada correctamente en el caso de Kuter), su sugerencia debe darnos una pausa antes de llegar a la conclusión de que Kuter simplemente erró en aceptar un compromiso. Davenport nos demuestra que a menudo un juicio moral incluye más de lo que la mente ve primero.

Otro caso ilustra el mismo punto. Durante la década de 1970, Davenport, junto con Wakin y J. Glenn Gray, fue parte de la Conferencia sobre Filosofía en Mountain-Plains. En los primeros meses de esa década, la conferencia decidió publicar un documento de posición pública, que llevaba el nombre de la conferencia y condenaba la Guerra de Vietnam en términos claros. En ese momento, hacer eso habría sido fácil y (en los círculos académicos) no controversial. Wakin, entonces un Coronel de la Fuerza Aérea, pidió a la conferencia no hablar con una voz. Si procedía como se había planeado, él y otros filósofos militares en el grupo tendrían que retirarse. Teniendo en cuenta todas las cosas, Davenport permaneció con los oficiales militares a pesar de que consideraba que la guerra era inmoral. Aunque otros parecieron no entender, él entendió las redes de la lealtad en que se encontraban los oficiales militares. Respetaba sus posiciones y rehusó adoptar una vista simplista, incluso cuando por encima parecía ser el "punto de referencia moral alto".

La reacción de Davenport a los problemas de informes falsos en los militares ofrece otro ejemplo de este razonamiento cuidadoso. En la década de 1980, comenzando en Vietnam y continuando por más de una década, los militares descubrieron una racha de informes falsos—acerca de sucesos en el campo de batalla, mantenimiento, grado de preparación, y muchas otras cosas, grandes y pequeñas. La histeria acerca de la estructura moral de los militares había comenzado a propagarse entre los comentaristas. Sin embargo, Davenport no entró en ese tren. Previamente había realizado una investigación sobre la muerte del almirante japonés Isoroku Yamamoto, al final de la Segunda Guerra Mundial. ¿Quién le disparó? Los pilotos de la misión no se pusieron de acuerdo, pero Davenport no asume, como muchos lo hacen, que alguno o todos ellos simplemente estaban mintiendo. En un buen caso de estudio, descubre cómo la tensión y las expectativas, los valores personales, y miles de otros factores afectan la percepción: "Dada la tensión producida por las situaciones de combate que se multiplicaban por la complejidad creciente de los sistemas de armamentos y comunicaciones y, a la vista del hecho de que tal tensión puede acentuar la tendencia normal a responder a un estímulo según valores subjetivos, lo que es sorprendente no es que hayan tantos informes falsos sobre las operaciones militares sino que, en relación al número posible, haya tan pocos".21 Siempre un analista de mente clara y cabeza despejada, rehusó unirse a un frenesí que no tenía bases—y trata de disuadirnos de hacerlo.

Davenport también entra en los asuntos controversiales de los homosexuales en los militares y las mujeres que sirven en funciones de combate, adoptando posiciones moderadas que discrepan con opiniones conservadoras y radicales sobre estos problemas. Al defender esas posturas, insiste en un examen cuidadoso de las consecuencias reales de las políticas propuestas para los servicios y nuestra nación. Antes de excluir a las mujeres del combate sobre la base de presuntas malas consecuencias, debemos primero realizar el trabajo empírico de demostrar la dificultad de integrarlas o demostrar que su presencia afectaría el grado de preparación. (Aunque Davenport tiene dudas sobre la existencia de tal evidencia, pacientemente esperó el veredicto de la experiencia real.) Antes de excluir a los homosexuales del servicio por razones similares, debemos primero realizar el trabajo empírico de demostrar que su comportamiento perjudicará seriamente nuestra capacidad para lograr la misión militar. Davenport simplemente no acepta a priori argumentos o soluciones rápidas enraizadas en ideas preconcebidas, autoridad o ideología.

Conclusión

Todos nosotros, tanto en los servicios militares como fuera de ellos, nos hemos beneficiado enormemente de lo que hizo Davenport—y la forma sabia y cuidosa con que lo hizo. A mi parecer, él estableció el punto de referencia alto en la práctica y enseñanza de la ética militar, y debemos esforzarnos para lograr ese estándar. Las generaciones presentes y futuras de líderes y combatientes deben tener amplia exposición a los problemas morales propios de sus funciones. Necesitan educación amplia en cuanto a la habilidad filosófica y sabiduría práctica que necesitarán para negociar estos problemas. Para satisfacer estas necesidades, debemos (1) persuadir a estudiosos y profesores de primera clase, dentro y fuera de los servicios militares, a que continúen trabajando en la ética militar, (2) animarlos a realizar su trabajo en lugares (tales como academias, institutos de guerra y conferencias para profesionales militares) donde tengan un impacto en los militares de todos los niveles, y (3) establecer y mantener las clases de política, práctica y apoyo institucionales (como educación de profesores, prioridades de asignación, arreglos de visitantes residentes, financiamiento de viajes, etc.) que harán todo esto posible.

Notas:

1. G. E. M. Anscombe, "War and Murder (Guerra y Asesinato)", en War, Morality, and the Military Profession (Guerra, Moral y la Profesión Militar), 2da ed., ed. Malham M. Wakin (Boulder, CO: Westview Press, 1986), 286.

2. Ibíd.

3. Otros dos vienen a la mente en el contexto del pensamiento sobre Davenport: J. Glenn Gray y Malham Wakin. Los menciono porque vale la pena notar que en los primeros años de la carrera de Davenport, cuando aún enseñaba en Colorado, cementó amistades personales y profesionales con estos dos. Sus influencias indudablemente contribuyeron a fijar su ruta.

4. "About the Corps", Universidad Texas A&M, Cuerpo de Cadetes, http://www.aggiecorps.org/home/about.

5. Para los lectores no familiarizados con el pensamiento de guerra justa, hay muchos buenos resúmenes de este enfoque general, que no intentaré recrear ni volver a resumir. Entre muchos otros, véase James Turner Johnson, Just War Tradition and the Restraint of War: A Moral and Historical Inquiry (Tradición de Guerra Justa y Limitación de Guerra: Una Investigación Moral e Histórica) (Princeton, NJ: Princeton University Press, 1981); Paul Ramsey, War and the Christian Conscience: How Shall Modern War Be Conducted Justly? (La Guerra y la Conciencia Cristiana: ¿Cómo se debe Conducir la Guerra Moderna con Justicia?) (Durham, NC: Duke University Press, 1961); Nicholas G. Fotion, Military Ethics: Looking toward the Future (Ética Militar: Visión del Futuro) (Stanford, CA: Hoover Institution Press, 1990); o Martin L. Cook, The Moral Warrior: Ethics and Service in the U.S. Military (El Gurrero Moral: Ética y Servicio en los Militares Estadounidenses) (Albany: State University of New York Press, 2004).

6. Manuel Davenport, The Fellowship of Violence: Readings for Military Ethics (La Camaradería de la Violencia: Lecturas de Ética Militar) [una colección completa de su trabajo sobre ética militar] (Acton, MA: Copley Publishing Group, 2000), 4.

7. Ibíd., 79.

8. Ibíd., 80.

9. Ibíd., 5.

10. Ibíd., 2-3.

11. Ibíd., 181.

12. Ibíd., 171.

13. Ibíd., 29.

14. Ibíd., 144-181.

15. Según el pensamiento utilitario sobre la naturaleza de la moralidad, mirar sólo las consecuencias de las acciones, consideradas en términos del mayor bien para el mayor número, es el principio fundamental de la moralidad. El filósofo alemán Emmanuel Kant asigna un papel fundamental similar a ciertas obligaciones primitivas—pero aquéllas no determinadas por meras consecuencias.

16. Jay F. Rosenberg, The Practice of Philosophy: A Handbook for Beginners (La Práctica de la Filosofía: Un Manual para Principiantes), 2da. ed. (Englewood, NJ: Prentice Hall, 1984), vii.

17. Davenport, Fellowship of Violence (La Camaradería de la Violencia), 116. Para una caracterización opuesta de la incursión, consulte Frederick Taylor, Dresden: Tuesday, February 13, 1945 (Dresden: Martes 13 de febrero de 1945) (New York: Harper Collins, 2004) (revisado por el Mayor Paul G. Niesen, Air and Space Power Journal 19, no.3 [Otoño de 2005]: 122–24).

18. Davenport, Fellowship of Violence (La Camaradería de la Violencia), 119.

19. Ibíd., 120.

20. Michael Walzer, Just and Unjust Wars: A Moral Argument with Historical Illustrations (Guerras Justas e Injustas: Un Argumento Moral con Ilustraciones Históricas), 3ra. ed. (New York: Basic Books, 2000), 323. Véase también "Political Action: The Problem of Dirty Hands (Acción Política: El Problema de las Manos Sucias)", Philosophy and Public Affairs 2, no. 1 (Otoño de 1972): 160–80.

21. Davenport, Fellowship of Violence (La Camaradería de la Violencia), 64.


Colaborador

Dr. J. Carl Ficarrotta

El Dr. J. Carl Ficarrotta (Licenciatura, Mercer University; Mastría, Emory University; PhD, University of North Carolina-Chapel Hill) es profesor de filosofía en la Academia de la Fuerza Aérea de Estados Unidos donde ha enseñado por 13 años.  Con regularidad dicta charlas en el tema de ética militar a audiencias en Estados Unidos y Canadá.  El Dr. Ficarrotta fue revisor del artículo titulado The Leader’s Imperative: Ethics, Integrity, and Responsibiity (Purdue University Press, 2001) y ha publicado varios artículos que tratan el tema de ética teórica y aplicada, inclusive "Are Military Professionals Bound by a Higher Moral Standard?", Armed Forces and Society, 1997.


 Declaración de responsabilidad:

Las ideas y opiniones expresadas en este artículo reflejan la opinión exclusiva del autor elaboradas y basadas en el ambiente académico de libertad de expresión de la Universidad del Aire. Por ningún motivo reflejan la posición oficial del Gobierno de los Estados Unidos de América o sus dependencias, el Departamento de Defensa, la Fuerza Aérea de los Estados Unidos o la Universidad del Aire. El contenido de este artículo ha sido revisado en cuanto a su seguridad y directriz y ha sido aprobado para la difusión pública según lo estipulado en la directiva AFI 35-101 de la Fuerza Aérea.


Los hombres buenos no necesitan que las leyes les digan que actúen con responsabilidad, mientras que los hombres malos siempre encontrarán una manera de esquivar las leyes.

—Platón


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