Air & Space Power Journal - Español Cuarto Trimestre 2000
Document created: 5 January 01

Estrategia Aérea

Selección de Objetivos Buscando un Efecto

Col Phillip S. Meilinger, USAF

Los aviadores siempre han pensado que el aeroplano es un arma inherentemente estratégica. El poderío aéreo, operando en la tercera dimensión, puede ignorar la batalla táctica de superficie y operar directamente contra los centros de gravedad (COG) de una nación enemiga: los centros industriales, políticos, económicos y de población que permiten que un país funcione. Sin embargo, los teóricos del poderío aéreo han discrepado en cuanto a qué objetivos específicos se deben atacar o neutralizar para obtener los mejores resultados. Debemos entender las diferentes estrategias de selección de objetivos aéreos, porque éstos definen colectivamente los límites del pensamiento del poderío aéreo estratégico, y esclarecen la conexión entre el arma aérea y su rol en la guerra. Además, la comprensión de estos conceptos conduce a un dominio más equilibrado y flexible de la estrategia aérea y los factores que entran en su determinación.

Los sicólogos nos dicen que el evento más traumático en nuestra vida es el nacimiento. De ser así, el nacimiento del poderío aéreo fue doblemente traumático porque ocurrió conjuntamente con la Primera Guerra Mundial. Aquella guerra destruyó imperios, produjo dictaduras, causó la muerte de cuando menos 10 millones de personas y tuvo un efecto profundo en el manejo de la guerra. La pérdida de una generación de soldados europeos, así como más de cien mil americanos, convenció a los líderes estadounidenses que se debían alterar las tácticas y las estrategias. Por esta razón, las soluciones radicales recibieron mayor consideración de la que hubieran recibido normalmente. El poderío aéreo fue una de esas soluciones radicales.

Cuando un país desea ejercer influencia sobre otro, tiene varios instrumentos a su disposición—los “instrumentos de poder” militar, económico, político y sicológico. Dependiendo de los objetivos de un país, éste puede emplear esos instrumentos contra otro país. Por ejemplo, si el objetivo es expresar la desaprobación sobre el dictador en un país A que oprime a su pueblo, el país B puede imponer sanciones —usar el instrumento del poder económico— en un intento de modificar su pernicioso comportamiento. El país B también puede pedir a las Naciones Unidas que condene al dictador y vuelva la opinión mundial en su contra —uso de los instrumentos de poder político y sicológico. Obviamente, conforme las cosas se vuelven más serias, el instrumento militar se vuelve más prominente.

Estos instrumentos de poder se dirigen en contra de los COG del enemigo, que pueden ser los puntos fuertes de un país —tal vez la armada o la infraestructura industrial— aunque también pueden ser los puntos vulnerables. Se debe reconocer esta distinción. Al intentar doblegar a un enemigo a nuestra voluntad, atacarlo en su punto más fuerte no es siempre necesario ni deseable; más bien, deberíamos atacarlo en su punto más débil si eso puede causar su desplome. Así, el punto fuerte de un país puede ser su marina de guerra, sin embargo su punto débil puede al mismo tiempo ser la dependencia de las rutas marinas que le suministran alimentos y materias primas. En tal caso, un estratega puede desear evitar el punto fuerte del enemigo y atacar su punto débil. Esto es similar a una situación durante la Primera Guerra Mundial, cuando la flota alemana de superficie permaneció en su puerto por temor a la Real Marina Inglesa, mientras que los submarinos alemanes realizaban una campaña altamente efectiva contra los barcos mercantes británicos. Se puede agrupar a los COG genéricos de un país en las categorías de fuerzas militares, la economía y la voluntad popular (Tabla 1). En resumen, la estrategia consiste en emplear los instrumentos de poder contra los COG del enemigo.

Tabla 1
Instrumentos del Poder y
Centros de Gravedad Genéricos

Instrumentos de Poder COG Genéricos
• Militar • Poderío
• Económico • Economía
• Político • Voluntad
• Sicológico

Tradicionalmente, las fuerzas armadas han empleado el instrumento del poder militar para operar contra las fuerzas militares del enemigo (Fig. 1). Esto se debió, con razón, al hecho de que los otros COG dentro del país estaban protegidos y escudados por aquellas fuerzas militares. En consecuencia, la guerra se volvió una contienda entre las fuerzas armadas; los perdedores en la batalla exponían los COG de su país al vencedor. Generalmente, la destrucción u ocupación efectiva eran innecesarias: con el interior del país expuesto y vulnerable, el gobierno apelaba a la paz. Aunque las acciones de tierra también podían tener un efecto sobre la economía o la voluntad del enemigo —representado en la Figura 1 por las flechas más delgadas— tales consecuencias eran usualmente indirectas y a menudo no planeadas. Poca sorpresa causa entonces que los teóricos militares a través del tiempo consideraran al ejército enemigo como el COG principal, porque al caer el ejército también caía la resistencia.1 Sin embargo, tal como se observó, la Primera Guerra Mundial demostró que tales contiendas de desgaste se habían vuelto demasiado sangrientas —para ambas partes— para servir como un instrumento racional de política. Los soldados buscaron una solución, pero los marinos y los aviadores tomaron enfoques totalmente diferentes.

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Figura 1. La Guerra Terrestre

La guerra en el mar es fundamentalmente distinta de la guerra en tierra. Las marinas de guerra tienen dificultad para impactar directamente a los ejércitos o los eventos en tierra, de tal manera que tradicionalmente se han apoyado en una forma de guerra económica —ejemplificada por los bloqueos, embargos y ataques al comercio— para lograr sus propósitos bélicos. Así, aunque las marinas de guerra combaten realmente con otras marinas, muchas veces utilizan los instrumentos económicos y sicológicos del poder en contra de la economía y la voluntad del enemigo (Fig. 2). El bloqueo y el ataque al comercio privan a un país de los alimentos y las materias primas necesarias para continuar el esfuerzo de la guerra. Con el tiempo, la gente comienza a sufrir los efectos del hambre prolongada y se disipa su voluntad de continuar la guerra.

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Figura 2. Guerra en el Mar

La guerra aérea por su parte es completamente diferente de las guerras terrestres y marítimas. Los aviadores siempre han reconocido que la habilidad del avión para operar en la tercera dimensión les da la capacidad única de atacar a todos los COG del enemigo. Por otra parte, aunque el poderío aéreo opera contra la economía y voluntad del enemigo —como también lo hace la marina— éste lo hace directamente (Fig.3). La marina bloquea o hunde barcos que transportan materia prima a una fundición que transforma ese material en acero, el cual se transporta después a una fábrica donde se convierte en armas. Los aviones pueden atacar directamente a aquellas fábricas y armamentos. En efecto, el país enemigo queda virtualmente abierto para el ataque.

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Figura 3. La Guerra Aérea

Esto sin embargo tiende a complicar las cosas para los estrategas aéreos. Obviamente, los aviadores deben familiarizarse íntimamente con los detalles internos de la nación enemiga. El saber que un país depende de sus vías férreas, sistemas de canales, líderes políticos, fábricas de acero, redes eléctricas, tierras cultivables, sistema telefónico, fábricas de productos químicos, y así sucesivamente, es de valor práctico limitado porque no se pueden atacar todos estos objetivos. ¿Cuáles son los COG más importantes? La selección de los objetivos correctos es la clave de la estrategia aérea. Sin embargo, el hecho de que se pueda seleccionar algo como objetivo no significa que tenga valor, y algo que tiene valor no necesariamente puede ser un objetivo seleccionable. Los planificadores aéreos perspicaces se dan cuenta que la destrucción de grupos de objetivos no significa automáticamente la victoria. Además, los factores intangibles tales como la religión, el nacionalismo y la cultura no son menos importantes para mantener a un país unido durante la guerra, que sus atributos físicos. La situación se ha vuelto aún más compleja con la introducción de un grupo de “objetivos nuevos” que son decisivos para el funcionamiento de un estado moderno: redes de fibra óptica, satélites de comunicaciones, plantas nucleares y el nuevo medio electrónico a menudo denominado “ciberespacio”, que juega un papel de creciente importancia en todos los aspectos de la vida personal y profesional. ¿Cómo va el aviador moderno a decidir entre todo esto? Una representación esquemática de un país moderno ilustra el problema y podría también indicar una solución (Fig.4)

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Figura 4. La Noción de la Nación-Estado

La clave de toda guerra es el factor amorfo y no cuantificable conocido como “la voluntad nacional”. Ocupa el lugar central en el esquema porque es el aspecto más crucial de un país en guerra. En esencia, la guerra es sicológica. Por lo tanto, en el sentido más amplio la voluntad nacional es siempre el COG clave—cuando “el país” decide que la guerra está perdida, entonces y sólo entonces estará verdaderamente perdida. Sin embargo, esto dice realmente muy poco. El desafío obvio para el estratega es determinar cómo destruir, o al menos debilitar, esa voluntad colectiva. Como es un agregado de muchos factores diferentes y no tiene forma física, atacar directamente la voluntad nacional es raramente posible. Más bien, se debe apuntar a las manifestaciones de esa voluntad. En sentido general esas manifestaciones pueden calificarse de “capacidad militar”.

La capacidad militar es la suma de los atributos físicos del poder: tierra, recursos naturales, población, dinero, industria, gobierno, fuerzas armadas, redes de transporte y comunicaciones, etcétera. Cuando se han disipado o destruido estas cosas —cuando no queda capacidad efectiva con la cual pelear— entonces la voluntad nacional se desvanece o deja de tener importancia. Por eso, en el esquema que se presenta aquí, la capacidad militar está estrechamente ligada a la voluntad nacional. Igualmente, debido a que la capacidad militar está en el centro de la existencia de una nación y es la suma del poder físico total de un país, resulta sumamente difícil destruirla por completo. La clave está en perforar selectivamente esta fuerte coraza de capacidad militar en uno o varios lugares, exponiendo el núcleo vulnerable. A través de estas aberturas se puede perforar, punzar, dar forma e influenciar la voluntad nacional. En la mayoría de los casos la voluntad se desploma bajo tanta presión antes de que se agote la capacidad.2

Los nodos que rodean el núcleo central son los COG de facto que se pueden seleccionar como objetivos. Tal como se indicó anteriormente, en el pasado las fuerzas armadas y el territorio enemigo eran por lo general los focos de las operaciones porque eran los más accesibles. A menudo, si se derrotaba al ejército o si se invadía una provincia estratégicamente situada, seguiría un acuerdo negociado. Las nuevas capacidades ofrecieron nuevas oportunidades. La historia de la estrategia aérea es una historia de selección de objetivos—que intenta descubrir qué COG es el más importante en un lugar, en un tiempo y en una situación dada. Aunque los teóricos aéreos podrían coincidir en que el poderío aéreo es intrínsecamente estratégico, generalmente han discrepado—enérgicamente—en qué objetivos son los más apropiados para lograr los objetivos estratégicos. Lo que sigue a continuación es un resumen de las distintas clases de teoría de selección de objetivos del poderío aéreo.

El general Giulio Douhet creía que la población era el objetivo principal de un ataque aéreo y que el ciudadano promedio, especialmente el habitante urbano, se asustaría ante un ataque aéreo.3 La limitada experiencia de la Primera Guerra Mundial parecía apoyar ese argumento. Douhet por lo tanto, estaba convencido que si se lanzaba una combinación de bombas incendiarias, químicas y altamente explosivas sobre las principales ciudades de un país se causaría tal trastorno y devastación que la revuelta y la rendición subsecuente serían inevitables. Aunque sus predicciones relativas a la fragilidad de los centros vitales de un país y la debilidad de la resolución de una población demostraron ser totalmente erróneas durante la Segunda Guerra Mundial, su premisa básica ha tenido una aceptación perdurable.

Afortunadamente, las contrapartes estadounidense y británica de Douhet vieron en el poderío aéreo la esperanza de seleccionar como blancos cosas en lugar de personas. La doctrina aérea de los Estados Unidos y Gran Bretaña durante los años entre las guerras se concentró en la infraestructura industrial del enemigo, no en su población. Según esta perspectiva, el estado moderno dependía de la producción masiva de productos militares —barcos, aeronaves, camiones, piezas de artillería, municiones, uniformes, etcétera. Además, los productos esenciales como electricidad, acero, productos químicos y el petróleo fueron también blancos militares y de gran importancia ya que eran los pilares esenciales para la fabricación de otros productos militares necesarios para sostener un esfuerzo bélico.

En Estados Unidos, las ideas del brigadier general Billy Mitchell influenciaron fuertemente a la Air Corps Tactical School, cuyos profesores perfeccionaron una doctrina que escogía los cuellos de botella industriales; aquellas fábricas o funciones que eran esenciales para la operación efectiva del sistema global.4 Este concepto de “red industrial” imaginaba un país enemigo como un sistema integrado y de apoyo mutuo, pero que cómo una casa de naipes era susceptible de destrucción repentina. Si se atacaba o neutralizaba el cuello de botella correcto, todo el edificio industrial se derrumbaría.5 Fue esta la doctrina que las Fuerzas Aéreas del Ejército llevaron a la Segunda Guerra Mundial.

La Real Fuerza Aérea (RAF), dirigida por el mariscal del aire Hugh Trenchard, adoptó un enfoque ligeramente diferente. Trenchard había sido testigo de la reacción extrema de la población y sus líderes políticos ante los ataques aéreos alemanes en Gran Bretaña durante 1917 y 1918 —después de todo, esos ataques dieron lugar a la creación de la RAF. Sostenía, como lo hizo Douhet, que los efectos sicológicos del bombardeo sobrepasaban los efectos físicos. A diferencia del general italiano, Trenchard no creía que atacar directamente a las personas era la estrategia correcta para producir el trauma sicológico.6 Tal política era moral y militarmente cuestionable. En cambio, propugnó algo similar a la estrategia de la Air Corps Tactical School: la infraestructura industrial de un país era el blanco adecuado. Según su razonamiento la interrupción de la vida normal —pérdida de empleos, sueldos, servicios, transportes y bienes— sería tan profunda que la gente exigiría la paz. En resumen, mientras que los estadounidenses deseaban bombardear la industria para destruir su capacidad, Trenchard y la RAF buscaban bombardear la industria para destruir la voluntad nacional.

Otro oficial de la RAF, el comandante de grupo John C. Slessor, abordó las complejidades de la teoría aérea entre las guerras.7 Sostuvo que las líneas de abastecimientos y de comunicaciones del ejército enemigo eran el COG clave, y que si se interrumpía y neutralizaba el sistema de transporte del enemigo, su ejército no sólo sería incapaz de ofrecer resistencia efectiva sino que también el país entero quedaría paralizado y vulnerable. Esta parálisis, a su vez, tendría un efecto decisivo en la capacidad y la voluntad de la nación enemiga. En esencia, Slessor proponía la interdicción aérea al nivel estratégico y operacional. Por esta razón, la RAF presionó justamente por tal campaña aérea contra Alemania en 1944. El “plan de transporte”, como se le llamó, realmente demostró ser exitoso al asegurar el éxito de los desembarcos en Normandía restringiendo drásticamente el flujo de refuerzos alemanes al área de ocupación. Además, la destrucción generalizada del sistema ferroviario alemán en Europa Occidental tuvo efectos devastadores sobre el esfuerzo bélico total, tal como Slessor lo había predicho.


El uso masivo y decisivo del poderío aéreo en [la Segunda Guerra Mundial] debió haber producido una explosión del nuevo pensamiento en los años siguientes. Sorprendente y lamentablemente, ése no fue el caso.


De forma significativa, la mayoría de personas y teóricos mencionados hasta aquí pertenecen a la era anterior a la Segunda Guerra Mundial. En realidad, el uso masivo y decisivo del poderío aéreo en aquella guerra debió haber producido una explosión del nuevo pensamiento en los años siguientes. Sorprendente y lamentablemente, ése no fue el caso. Los bombardeos atómicos en Japón tuvieron un efecto catalizador y aturdidor en los líderes militares de todo el mundo. La nueva arma parecía revolucionar la guerra de maneras que convertían en obsoletas todas las experiencias anteriores. Como consecuencia, emergió un grupo diferente de teóricos en un intento de explicar el uso de la fuerza militar en esta nueva era. Estos teóricos, sin embargo, no eran militares. Más bien, emergió una nueva clase de académicos civiles con poca o ninguna experiencia en la guerra para definir y articular las teorías de la guerra nuclear. Como nadie tenía ninguna experiencia con este tipo de guerra, los académicos civiles eran aparentemente tan capaces de definir una teoría de guerra aérea nuclear como lo eran los profesionales uniformados. Las ideas que propusieron —equilibrio del terror, destrucción mutua asegurada, suficiencia estratégica y así por el estilo— eran elegantes y razonadas. Sirvieron bien al Occidente durante la etapa de la guerra fría. Lamentablemente, sin embargo, los aviadores cedieron muy fácil y rápidamente el campo intelectual a los civiles. Al mismo tiempo, los militares aceptaron la premisa de que las guerras futuras incluirían las armas nucleares. El resultado fue que pocos aviadores consideraron seriamente el uso del poderío aéreo convencional, especialmente en el ámbito estratégico.

La Guerra de Vietnam tuvo muchos efectos negativos en los Estados Unidos y en los servicios militares. Un aspecto positivo, sin embargo, fue el darse cuenta de que la guerra nuclear entre las dos superpotencias era un ejercicio intelectual interesante pero poco probable de ocurrir —tal vez sólo porque estábamos tan bien preparados para emprenderla. Al mismo tiempo, el poderío aéreo táctico parecía no ser un arma para ganar la guerra, como se demostró ampliamente en Vietnam. Así, mientras que el poderío aéreo se había polarizado entre la gente que pensaba sólo en el holocausto nuclear y los que se preparaban para luchar la batalla aérea táctica, las condiciones mundiales parecían indicar que ninguno de los extremos ofrecía resultados decisivos y útiles. Se tuvo que recapturar el amplio término medio entre aquellos dos polos. La revitalización del pensamiento estratégico convencional comenzó con un instructor en la Escuela de Armas para Aviones de Caza en la Base de la Fuerza Aérea en Nellis, Nevada —el coronel John Boyd.

Boyd estaba intrigado por el sorprendente éxito del F-86 en el combate aéreo con el MiG-15 (una superioridad de 10 a 1) durante la guerra de Corea.8 Luego de reflexionar, decidió que la ventaja del F-86 residía ampliamente en sus controles de vuelo operados hidráulicamente y el estabilizador horizontal para todo vuelo, que le permitían la transición de una maniobra aérea a otra más rápidamente que el MiG. Los análisis posteriores revelaron las implicaciones más amplias de esta teoría. La clave de la victoria era actuar más rápidamente, tanto mental como físicamente, que el oponente. Boyd expresó este concepto en un proceso cíclico al que llamó el circuito de observar-orientar-decidir-actuar (OODA) (fig. 5). Tan pronto como un lado actuaba, observaba las consecuencias, el circuito comenzaba nuevamente. La parte más importante del circuito era la fase “orientar”. Boyd especulaba que las complejidades crecientes del mundo moderno requerían una habilidad para tomar hechos e ideas aparentemente aisladas de diferentes disciplinas y eventos, descomponerlos en sus componentes esenciales, y volverlos a ensamblar de maneras nuevas e inusuales. Llamó a este proceso destrucción y creación—proceso que dominó la fase “orientar” de su circuito OODA.

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Figura 5.  El Circuito OODA de John Boyd

La importancia de las teorías aéreas tácticas de Boyd es que posteriormente creó la hipótesis de que este ciclo de operación continua se realizaba no sólo durante el combate aéreo sino también en los niveles más elevados de la guerra. Al analizar la historia de la guerra, Boyd vio que la victoria constantemente recaía en el lado que podía pensar con más creatividad —orientarse a sí mismo— y luego actuar rápidamente sobre tal entendimiento. Aunque los historiadores militares tienden a palidecer ante tal uso selectivo de la historia, la tesis es interesante. Significativamente, debido al hincapié en la fase de orientación del circuito, en términos prácticos Boyd demandaba una estrategia dirigida contra el pensamiento del liderazgo enemigo. Aunque propuesta por un aviador, estas teorías abarcaron mucho más que un anteproyecto para operaciones aéreas. La guerra en general estaba gobernada por este proceso. No obstante, debido a la insistencia del circuito OODA en la velocidad y la sorpresa desorientadora que se impone al enemigo, las teorías de Boyd parecen especialmente aplicables al poderío aéreo, que incluye estas dos cualidades de manera más completa.

Otro aviador que ha pensado profundamente en el poderío aéreo estratégico y ha enfocado el liderazgo enemigo como el COG clave es el coronel John Warden. Al igual que Boyd, un piloto de avión caza y veterano de combate, Warden comenzó un estudio serio y sostenido del combate aéreo mientras era estudiante del National War College en 1986. La tesis que escribió aquel año fue pronto publicada, y es aún un texto obligatorio en la Universidad del Aire.9 Su próxima asignación en el Pentágono lo puso en un puesto ideal cuando Saddam Hussein invadió Kuwait en abril de 1990. Poniendo en práctica sus teorías, Warden diseñó una campaña aérea que incluía ataques estratégicos contra los COG de Irak.10 Para ilustrar su plan, utilizó un objetivo que consistía de cinco anillos concéntricos con el liderazgo en el centro del blanco —el COG más importante así como el más frágil— y las fuerzas aéreas como el anillo más extremo —el menos importante pero el elemento más fortalecido. Warden sostuvo que el líder enemigo era la clave de la resistencia; su muerte o captura incapacitaría a todo el país. Es evidente que Boyd y Warden se desviaron del énfasis económico de los teóricos anteriores de la fuerza aérea. Más bien se centraron en el liderazgo del enemigo. Sin embargo, mientras que Boyd busca interrumpir el proceso del liderazgo enemigo, Warden desea en cambio trastornar su forma. El punto culminante de tal estrategia aérea fue la Guerra del Golfo. Los ataques aéreos contra las redes de comunicaciones, sistema de carreteras y ferrocarriles, y las redes eléctricas iraquíes no sólo impusieron en Saddam dificultades para controlar sus fuerzas militares, también introdujeron una enorme confusión e incertidumbre en su proceso de toma de decisiones. Esto sirvió para expandir dramáticamente su circuito OODA y disminuir su tiempo de ciclo de manera consiguiente.

La guerra de información se ha convertido en una industria en crecimiento. Aparentemente, todos en el mundo tienen, o pronto tendrán, fax, teléfono celular, microcomputadora potente y acceso a la Internet. Como resultado, la marcha acelerada del intercambio de información se ha convertido en una fuerza y un punto vulnerable de los países modernos. Presuntamente el conocimiento es poder. Quien controle el flujo de información tiene una tremenda ventaja: “información perfecta” para uno mismo e ignorancia impuesta para el enemigo, sea por medio de la negación o la corrupción. La información —definida en forma amplia como inteligencia, reconocimiento y comunicaciones— no es nueva. Sin embargo, la explosión en el volumen y la diseminación de tal información —hecha posible mediante tecnologías como el microchip, las fibras ópticas y los satélites— ha dado nueva intensidad a un antiguo concepto. La habilidad para dominar la información es a menudo referida como la “infoguerra” y casi presume una entidad física, algunas veces llamada una infoesfera, en la que reside la información o a través de la cual se canaliza. Esta infoesfera es, por consiguiente, un COG potencialmente muy importante, y uno que tiene implicaciones interesantes sobre cómo se conducirán las guerras aéreas futuras.


Los estrategas militares deben tener en cuenta que están tratando con un enemigo que es parte racional y parte irracional, y que éste está motivado por razones de política y de pasión.


Otro “nuevo” método en la teoría militar enfatiza los aspectos culturales del conflicto. Aunque las manifestaciones físicas del poder son las más perceptibles —las más fáciles de seleccionar como objetivo y de cuantificar— también son cruciales los aspectos culturales y sociales de una sociedad. John Keegan, por ejemplo, sostuvo que el modelo Clausewitziano de guerra tiene fallas porque asume que el conflicto ocurre entre naciones-estado, que son lo que nosotros llamaríamos “actores racionales” (es decir, toman decisiones sobre la paz y la guerra basados en cálculos lógicos apoyados por la política). Keegan sostiene que tales factores explican solamente algunos motivos para la guerra; otras sociedades están culturalmente mucho más cimentadas. Cita ejemplos de los zulúes en Africa, los cosacos siberianos y los samuráis japoneses para demostrar que algunos grupos entran en guerra porque es tradicional, un rito de paso al estado adulto o una válvula de seguridad para descargar el exceso de energia.11 En tales culturas, lo que los occidentales denominarían las causas tradicionales de la guerra y la paz es prácticamente irrelevante. La importancia de este argumento no es que los pequeños grupos de nativos aislados en el pasado hayan ido a la guerra por razones que consideraríamos exóticas. Más bien, si estos factores están presentes en algunas personas, estarán presentes en todas las personas. En las sociedades más modernas, sin embargo, estos factores culturales son sometidos u opacados por los imperativos políticos más tradicionales; no son reemplazados por ellos. Por lo tanto, todas las personas y los países realizan acciones, o no las realizan, basados en un grupo de razones—algunas físicas y otras culturales o sicológicas. Los estrategas militares deben de tener en cuenta que están tratando con un enemigo que es parte racional y parte irracional, y que éste está motivado por razones de política y de pasión. Cuando un país moderno está dominado por una visión mundial que aparentemente es completamente extraña desde una perspectiva Clausewitziana, el problema para el estratega aéreo se vuelve sumamente complejo.

Se puede aducir, por ejemplo, que la fe vehemente del fundamentalismo islámico es lo que efectivamente mantiene unido al Irán moderno —y no los recursos petroleros o los vínculos políticos tradicionales de un país occidental. En lugar de la noción que el estado Iraní emplea la religión como una herramienta de su política, parecería que el Islamismo radical emplea al estado como una herramienta para lograr sus fines religiosos. Los estrategas aéreos tienen bastante dificultad cuando intentan predecir efectos y dar respuestas al tratar con un “enemigo similar”; el trato con un enemigo diferente amplifica grandemente el problema. No obstante, es crucial para los planificadores militares darse cuenta de la importancia de factores intangibles tales como la cultura del enemigo. El hecho de que algo pueda no tener una forma física no significa que no sea importante —ni significa que sea impenetrable al ataque. En tales casos, las operaciones de guerra sicológica— el uso de propaganda, artificios, engaños, desinformación, quizás incluso la verdad —pueden ser decisivas. En mi esquema, estas conexiones intangibles pero vitales se representan mediante líneas punteadas que unen los COG físicos entre sí y con el núcleo nacional (véase la figura 4).

En este momento es útil introducir algunos términos nuevos para describir la estrategia aérea. El objeto de la guerra es imponer la voluntad de uno sobre el enemigo, destruyendo su voluntad o capacidad de resistir. Un debate vigente examina si es más deseable y factible centrarse en la voluntad del enemigo o en su capacidad; como consecuencia, los estrategas y pensadores militares a menudo caen en dos categorías. La primera incluye a aquellos que se concentran en la búsqueda de métodos para confundir, engañar, amedrentar o influenciar la mente del enemigo con la esperanza de destruir su voluntad y por lo tanto hacer que se rinda. La otra escuela, más física y directa, piensa que si se ataca a las fuerzas militares del enemigo o la infraestructura industrial, quitándole así su capacidad de resistir, la rendición es el siguiente paso. Algunas personas, especialmente aquellas entrenadas en ciencias sociales, han asignado nuevos términos a estos conceptos antiguos, y ahora se refieren a las estrategias de coerción y de negación. Los proponentes de estos dos campos se han trabado en vigoroso debate durante la década pasada. En realidad, es virtualmente imposible separar estos dos tipos de estrategias en la práctica. Si el punto de atacar, digamos, las fuerzas de un enemigo es negarle la capacidad de combatir, entonces es muy probable que tal voluntad de incapacidad también tenga un fuerte efecto coercitivo sobre la voluntad del enemigo. Inversamente, si un ataque a las refinerías de petróleo del enemigo tiene el propósito de quebrar su voluntad destruyendo algo que él valora, al mismo tiempo el valor del ingreso perdido del petróleo disminuirá su capacidad para combatir. El tema, por lo tanto, se vuelve en uno de dónde poner el acento.

En gran parte, la elección de estrategia estará dirigida por los objetivos y la naturaleza de la guerra. En una guerra total, donde el objetivo es la rendición y el sojuzgamiento del enemigo, muy probablemente será necesario destruir la voluntad y la capacidad del enemigo. Por eso, durante la Segunda Guerra Mundial los Aliados llevaron a cabo una guerra contra la voluntad y la capacidad alemana —de coacción y negación. De manera similar, en el caso de Iraq, se utilizaron ambas estrategias, aunque por diferentes razones: la coalición deseaba obligar a Saddam que abandonara Kuwait, aunque también deseaba negarle la capacidad de que siga siendo una amenaza ofensiva en la región. Otros conflictos tales como el de Kosovo, son más problemáticos con respecto al tipo de estrategia utilizada. La Organización del Tratado del Atlántico Norte buscó coaccionar a Servia para que detuviera la purga étnica en Kosovo. La coacción normalmente incluiría el ataque de objetivos de alto valor en la misma Servia, pero los planificadores también emplearon una estrategia de negación seleccionando como objetivos las fuerzas militares servias y la infraestructura en Kosovo. Slobodan Milosevic se rindió, ¿pero fue la selección de objetivos de coacción o de negación lo que obligó a tal decisión? Posiblemente nunca lo sabremos. Debemos entender, sin embargo, que la selección de la estrategia tendrá un efecto importante en los objetivos seleccionados para el ataque aéreo —líneas de transmisión, fábricas de municiones, estaciones de ferrocarril o piezas de artillería. Nuestros objetivos de política y la naturaleza de la guerra determinarán cuál es la más efectiva estrategia de guerra a seguir.12

La tarea del estratega aéreo es entender las varias teorías de selección de objetivos y elegir una, o la combinación de ellas, para crear un plan realizable. Esto se logra haciéndose tres preguntas inherentes: ¿Cuál es la meta? ¿Cuánto se puede invertir para lograr esa meta? ¿Cuál es el valor para el enemigo para que trate de impedir que el oponente lo consiga? El estratega aéreo debe por lo tanto idear un plan que involucre la transformación de metas amplias en objetivos militares concretos, identificando los conjuntos de objetivos que se deben afectar (no necesariamente destruir) para lograr esas metas, y a continuación convertir el todo en un orden de operaciones que se pueda poner en práctica.13 No se puede hacer demasiado hincapié en la importancia que tiene el vincular claramente los objetivos seleccionados y los objetivos buscados. ¿Qué se espera específicamente que haga el enemigo si se bombardea su red de energía eléctrica? Si el objetivo global es obligar al enemigo a que detenga una invasión, entonces ¿cómo contribuirá el bombardeo de la red de energía eléctrica —o fábrica de municiones, o divisiones armadas, o cuarteles generales de inteligencia— al logro de esa meta? En otras palabras, destruir o neutralizar un blanco no significa estar más cerca de las metas. El proceso intelectual de vincular los fines y los medios es un requisito crucial, a menudo subestimado, para el estratega aéreo.

Tal vez uno de los factores más importantes que se debe recordar en esta discusión de los COG es que la sociedad es un organismo viviente, que reacciona a una multitud de estímulos internos y externos. De hecho, todos los COG en el esquema están conectados entre sí para ilustrar que un ataque a uno generalmente tendrá un impacto sobre los demás. De allí que, el ataque a la industria afectará la capacidad militar global de un país, la misma que también afectará la voluntad nacional. A su vez, la voluntad puede resquebrajarse, o más probablemente, los líderes enviarán una señal para destinar más gente y recursos a la reconstrucción de las industrias dañadas. El organismo reaccionará para contrarrestar la amenaza. En resumen (y esto es vital entenderlo), este esquema representa una entidad viviente —precisamente lo que es un país— que puede actuar y reaccionar ante varios estímulos. Y puede hacerlo de formas que no son necesariamente predecibles: se puede mover, cambiar, alterar su apariencia, defenderse, aterrorizarse y/o paralizarse. De hecho, los organismos producen cicatrices cuando se les hiere, haciendo a veces que las heridas posteriores sean menos graves. Como resultado, el segundo ataque, de alguna forma, afecta a un organismo distinto del que se atacó primero.

Por consiguiente, los resultados también pueden ser diferentes. De allí que la tendencia de ver a un país enemigo como un modelo inanimado, bidimensional es sumamente peligrosa porque supone una condición estática, de laboratorio, que está lejos de ser el caso. Imponer racionalidad a una sociedad enemiga por medio de simulaciones y modelos de computadora es una idea temeraria. La guerra nunca podrá ser racional —no más que la gente que la lleva a cabo.

Se debe entender también que los COG de un país no son necesariamente los de otro. En el caso de Japón durante la Segunda Guerra Mundial, por ejemplo, las líneas marítimas eran vitales porque muchas de sus materias primas necesarias venían del continente asiático o de las Indias Orientales. Sin embargo, las líneas marítimas no eran vitales para la Alemania nazi. Como Hitler controlaba la mayor parte de Europa, era básicamente autosuficiente en materias primas y apenas si lo afectaba el bloqueo Aliado. Similarmente, un país autocrático como la Alemania nazi puede ser más dependiente de la personalidad y el poder del líder que lo es una democracia con una línea de sucesión claramente establecida para el caso de la muerte de su líder.

Además, a menudo los COG no sólo son diferentes entre países, sino que pueden cambiar con el tiempo dentro del mismo país. Durante la Batalla de Gran Bretaña, por ejemplo, la RAF llegó a tener un número muy reducido y peligroso de pilotos y aviones. Si la Luftwaffe hubiera continuado atacando los aeropuertos de la RAF en el otoño de 1940, este COG británico clave se hubiera desplomado. Sin embargo, al año siguiente la RAF ya no se encontraba en tal peligro porque había más pilotos y aviones. En ese momento, sin embargo, el COG británico clave se había desplazado hacia el Atlántico. Los submarinos alemanes hundían los barcos británicos a una velocidad alarmante, y había serias preocupaciones sobre si Gran Bretaña pudiese resistir por más tiempo. Curiosamente, este COG clave también cambió cuando Estados Unidos ingresó en la guerra, y el influjo masivo de capacidad de transporte marino alivió el aprieto británico.

Si aceptamos que un país enemigo es un organismo viviente compuesto de múltiples COG, que actúan y reaccionan entre sí y el mundo exterior, entonces se desprenderán varias conclusiones. Primero, el poderío aéreo es un arma especialmente efectiva para afectar a esos COG. La mayoría de los centros vitales indicados anteriormente son físicos y se pueden seleccionar directamente como blancos. De hecho, como éstos son mayormente inmóviles y por tanto vulnerables —una red de transmisión eléctrica, una red ferroviaria o un complejo de fabricación, por ejemplo— son generalmente susceptibles a los efectos del poderío aéreo. Otros tipos de fuerza militar en general no pueden actuar directamente contra tales objetivos y están limitados a operaciones de fuerzas acantonadas.14 Por supuesto, el poderío aéreo puede atacar a esas fuerzas y lo puede hacer con bastante efectividad. Las razones para acudir al poderío aéreo en la era posterior a la Primera Guerra Mundial al anticiparse una guerra contra un oponente industrial incluyen el deseo de evitar el baño de sangre, la interdependencia de las economías modernas, la vulnerabilidad percibida de los COG estratégicos, y la habilidad del poderío aéreo para afectarlos con un riesgo relativamente bajo. Es importante observar la tendencia al aumento del número de tales razones con el transcurso de las décadas. Para estar seguro, los aspectos intangibles de un país —su cultura, religión y tradición— serán difíciles de influenciar, pero éste es el caso cuando se usan todas las fuerzas militares, no sólo el poderío aéreo.

La determinación del objetivo o grupo de objetivos claves dentro de un país requiere medir cuidadosa y precisamente los efectos de los ataques aéreos estratégicos. Este análisis es esencial para asegurar que los resultados sean los esperados, de tal manera que se puedan realizar ajustes para las operaciones futuras. Ésta no es una consideración de importancia secundaria. La inteligencia aérea es un fenómeno relativamente nuevo. Aunque las agencias de recopilación de información han existido por siglos, los tipos de inteligencia que ellos buscaban iban a dos extremos. Por un lado, buscaban informaciones diplomáticas internas para determinar la política exterior, la fuerza del gobierno, los acuerdos de alianzas o la solidez de la economía de los potenciales adversarios. Por otro lado, también deseaban asegurarse de la veracidad de la información militar, tal como el tamaño del ejército y la marina del enemigo, las rutas de desplazamiento, lo adecuado de los suministros y la velocidad con que puede disparar la artillería. Aunque la información táctica es también necesaria para la batalla aérea —la resistencia, disposición y capacidad de la fuerza aérea enemiga, y la red de defensa aérea— los asuntos de guerra aérea estratégica demandan un tipo de inteligencia totalmente nuevo. Ahora también se requiere información económica e industrial detalladas. Como los aviones pueden atacar los centros militares, económicos y de gobierno muy dentro del territorio enemigo, se debe conocer la ubicación y función precisa de tales objetivos. La guerra aérea requiere un entendimiento detallado de la red de generación eléctrica, redes ferroviarias y de carreteras, las industrias del hierro y acero, la red de comunicaciones, y un sinnúmero de otros elementos similares. Este tipo de inteligencia militar difiere fundamentalmente de las eras previas. Como resultado, durante la Segunda Guerra Mundial surgieron nuevas burocracias, compuestas de economistas, industrialistas e ingenieros, cuya función principal era estudiar la composición y los puntos vulnerables del estado enemigo.15 Hoy, estas agencias de inteligencia forman parte principal de las fuerzas militares, y sus productos son vitales para la formulación de un plan de campaña aérea viable.

Al mismo tiempo, los líderes del aire se dieron cuenta rápidamente en la Segunda Guerra Mundial que entender cómo fallaba un sistema económico o industrial era tan importante como saber cómo funcionaba. Necesitaban una forma de medir los efectos de los ataques aéreos sobre un sistema complejo, interconectado y de múltiples niveles —una tarea sumamente difícil porque se requiere analizar redes complejas. Por ejemplo, es relativamente fácil determinar la cantidad de daño físico causado por un ataque aéreo sobre una estación de trenes —el número de edificios o vagones destruidos, las líneas destruidas, etc. Es más difícil medir el efecto que tal daño tendrá sobre una red completa de ferrocarriles, dada la redundancia de tales sistemas, la disponibilidad de cuadrillas de reparación y la habilidad para encaminar el tráfico hacia otras estaciones. Es más difícil aún juzgar el efecto de la escasez de materiales que no mueven los trenes destruidos sobre la economía como un todo. Una ilustración de este problema y su complejidad puede encontrarse en el trabajo de un historiador que examinó los registros de la oficina de ferrocarriles de Alemania durante la Segunda Guerra Mundial. Su análisis reveló que la destrucción y los trastornos del tráfico ferroviario alemán mutilaron severamente el movimiento de carbón, el principal combustible para la mayor parte de la producción industrial y de generación de energía, a través del Reich. Por lo tanto, la escasez de carbón causada por la interrupción del sistema de ferrocarriles tuvo un impacto mayor sobre la producción de acero, ocasionando la menor producción de tanques, barcos y artillería pesada.16 Así, los ataques aéreos contra objetivos aparentemente desligados muy dentro en Alemania redujeron la capacidad militar global de las fuerzas armadas alemanas. Claramente, tal análisis requiere familiaridad íntima con la economía del enemigo así como habilidades analíticas natas. Éstos no son los únicos problemas.

Si John Keegan tiene razón en su afirmación de que los factores sociales y culturales juegan un papel mucho más importante en la guerra del que hasta ahora se ha reconocido, entonces el problema del análisis viene a ser incluso mucho mayor. Esta dificultad se vuelve más compleja si se considera que un país podría atacar un objetivo particular no debido al efecto que espere producir en el enemigo sino por el efecto que eso causaría sobre la población de su propia nación. El ataque del general Jimmy Doolittle que envió 16 bombarderos contra objetivos en Tokio en abril de 1942 no sólo influenció a los líderes japoneses y la economía japonesa, sino que también reforzó la moral estadounidense después de una serie de derrotas. De forma parecida, se pueden llevar a cabo ataques para influenciar a un tercer país. Algunos podrían argumentar, por ejemplo, que arrojamos bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki no tanto para obligar a los japoneses a rendirse sino para enviar un mensaje político a la Unión Soviética —como un acto disuasivo para el futuro.17 Similarmente, ¿tuvo el ataque aéreo sobre Libia en 1986, en respuesta a un bombardeo terrorista en Berlín, un efecto igualmente disuasivo sobre Siria? En pocas palabras, debemos recordar que la guerra consiste de organismos vivientes combatiendo contra otros organismos vivientes mientras otros organismos vivientes observan y son afectados. Las acciones de la guerra, por lo tanto, tienen efectos tanto sobre los participantes como sobre los que no participan, y esos efectos pueden ser intencionales y no intencionales. Si tales motivos complejos y multinivel están en realidad en juego, los problemas del análisis son enormes. Por lo tanto se hace necesario que las organizaciones de inteligencia se concentren en realizar un segundo gran salto —pasar del entendimiento del proceso industrial y económico al cultural y sicológico. Eso no será fácil.

Hasta que sea posible medir y cuantificar de manera precisa y predecible tales efectos a nivel macro, los aviadores siempre estarán en desventaja comparados con sus contrapartes de superficie. Por siglos se ha medido tradicionalmente la victoria o la derrota en tierra en términos de armadas destruidas, soldados muertos y territorios capturados. Tales normas son cuantificables y ampliamente reconocidos. Se debe recordar, sin embargo, que tal como la ausencia de estadísticas sólidas no necesariamente significa que una teoría esté equivocada, su disponibilidad no necesariamente confirma que la teoría o política sea correcta. Los estadounidenses parecen tener una tendencia cultural a medir las cosas, especialmente en la guerra —tonelaje de bombas, número de ataques, número de víctimas, tanques destruidos — y esto puede inducir a pensar que la mera presencia de números implica precisión o éxito. Si se están midiendo las cosas incorrectas, sin embargo, las estadísticas son peor que insignificantes.

En resumen, se ha puesto en evidencia durante las últimas seis décadas que el poderío aéreo juega un papel de importancia creciente en la guerra. Los comandantes de las fuerzas de superficie se dan cuenta de que sus operaciones son sumamente difíciles, si no imposibles, sin el empleo amplio del poderío aéreo. De hecho, nuestra marina de guerra ha construido la mayor parte de la estructura de su fuerza (los grupos de batalla de portaaviones) en torno al poderío aéreo; la Infantería de Marina ha organizado sus fuerzas de tarea de aire-tierra en torno al poderío aéreo; y los cinco mil helicópteros del Ejército constituyen el brazo aéreo más poderoso del mundo. Pocas personas ponen en tela de juicio la capacidad del poderío aéreo para ser decisivo en los ambientes tácticos y operativos de la guerra. El asunto de su efectividad al nivel estratégico de la guerra, sin embargo, es un tema distinto. Los aviadores han sostenido desde la primera década de vuelo que el arte militar ha cambiado para siempre debido a su nueva arma. Sin negar la superioridad del poderío aéreo en el campo de batalla, también reclaman su supremacía en el nivel estratégico. Sus argumentos en este tema se han basado en sus varias filosofías de selección de objetivos. La pregunta sobre qué objetivos estratégicos deberán tener prioridad en una campaña aérea es sorprendentemente compleja, y la respuesta no es del todo patente. Como resultado, ha surgido una variedad de teorías aéreas, cada una con su propia lógica y evidencia.

La afirmación de que la “flexibilidad es la clave del poderío aéreo” se ha convertido en un aforismo. Es tan verdadero en el sentido teórico como en el operacional. Ahora necesitamos aviadores entendidos y con buena base en todos los aspectos de la guerra, incluyendo el teórico. Sólo entonces serán capaces de seleccionar el concepto de empleo que mejor se acomode a la situación a mano. La flexibilidad es también la clave para la estrategia aérea. Por último, la estrategia de selección de blancos aéreos es un arte, no una ciencia. Desdichadamente, es un arte increíblemente complejo. Este artículo ha buscado ofrecer a los estrategas del aire un cuadro apropiado de preguntas para que puedan tomar mejores decisiones en la paz y en la guerra.

Notas

1. De allí, el aforismo de Clausewitz: “la destrucción de las fuerzas del enemigo es el principio prioritario de la guerra, y, en tanto que haya un objeto positivo incluido, es la manera principal de lograr nuestro objetivo”. Carl von Clausewitz, On War, editado y traducido por Michael Howard y Peter Paret (Princeton: Princeton University Press, 1976), 258.

2. Una excepción fue la Alemania nazi. No fue hasta que la fuerza aérea, el ejército y la marina alemanas estaban fundamentalmente destruidas; la economía era un desastre; y las tropas rusas ya habían entrado en Berlín que el sucesor de Hitler apeló a la paz. Dado el estado del Reich en ese punto, su rendición oficial fue prácticamente irrelevante.

3. La obra principal de Douhet titulada “Comando del Aire (Command of the Air)”, fue publicada por primera vez en 1921, apareciendo una edición revisada en 1927. En 1942 se combinó este ensayo con otros tres de sus obras principales, traducidas por Dino Ferrari, y publicada como Comando del Aire (Command of the Air) (New York: Coward-McCann). En 1983 la Oficina de Historia de la Fuerza Aérea volvió a imprimir su traducción con una nueva introducción. Se puede ver un análisis de las teorías de Douhet en: Bernard Brodie, Estrategia en la Era de los Misiles (Strategy in the Missile Age) (Princeton: Princeton University Press, 1959); y Coronel Phillip S. Meilinger, “Giulio Douhet y los Orígenes de la Teoría del Poderío Aéreo (Giulio Douhet and the Origins of Airpower Theory)”, en Las Rutas del Cielo: La Evolución de la Teoría del Poderío Aéreo (The Paths of Heaven: The Evolution of Airpower Theory) (Maxwell AFB, Ala.: Air University Press, 1997), 1–40.

4. Teniente coronel Peter R. Faber: “Interwar US Army Aviation and the Air Corps Tactical School: Incubators of American Airpower,” en Paths of Heaven, 183–238.

5. Los orígenes de la teoría de la red industrial pueden encontrarse incluso a mediados de la década de 1920. El mayor William C. Sherman, un instructor de la Escuela Táctica de Infantería Aérea, escribió, “en la mayoría de las industrias, sólo es necesario destruir ciertos elementos de ellas, para invalidar al todo. Estos elementos pueden ser llamados plantas claves”. Air Warfare (New York: Ronald Press Co., 1926), 218. Para informarse sobre los desarrollos de la década de 1930, véase el recuento de uno de los participantes, el mayor general Don Wilson, en “Orígenes de una Teoría de la Estrategia Aérea (Origins of a Theory of Air Strategy)”, Aerospace Historian 18 (Primavera de 1971): 19–25.

6. Para un análisis de las teorías de Trenchard, véase la obra del coronel Phillip S. Meilinger, en “Trenchard, Slessor y la Doctrina de la Real Fuerza Aérea antes de la Segunda Guerra Mundial (Trenchard, Slessor, and Royal Air Force Doctrine before World War II)” en Paths of Heaven, 41–78.

7. Las ideas de Slessor no han sido aún exploradas adecuadamente. Para informarse sobre sus excelentes memorias, véase El Azul Central: Recolecciones y Reflexiones (The Central Blue: Recollections and Reflections) (Londres: Cassell, 1956). Su obra teórica más impresionante es Poderío Aéreo y las Armadas (Air Power and Armies) (Londres: Oxford University Press, 1936).

8. John Boyd nunca publicó sus teorías, pero la mejor descripción y evaluación de ellas la hizo el teniente coronel David S. Fadok, “John Boyd y John Warden: La Búsqueda del Poderío Aéreo de una Parálisis Estratégica (John Boyd and John Warden: Airpower's Quest for Strategic Paralysis)”, en Paths of Heaven, 357–98.

9. Coronel John A. Warden III, La Campaña Aérea: Planificación para el Combate (The Air Campaign: Planning for Combat) (Washington: Pergamon-Brassey's, 1989) ha tenido un impacto importante sobre el pensamiento de la Fuerza Aérea, incluso cuando sus demandas de poderío aéreo estratégico son relativamente modestas. En verdad, es iluminador que el libro de Warden produzca pequeña controversia hoy en día; las ideas que entonces propuso se han convertido en sabiduría aceptada. Las ideas de Warden dieron un gran salto con la experiencia de la Guerra del Golfo.

10. Un recuento legible e ilustrativo de la planificación de la campaña aérea en Desert Storm puede verse en la obra del coronel Richard T. Reynolds, El Corazón de la Tormenta: La Génesis de la Campaña Aérea contra Iraq (Heart of the Storm: The Genesis of the Air Campaign against Iraq) (Maxwell AFB, Ala.: Air University Press, 1995).

11. Véase John Keegan, Una Historia de la Guerra (A History of Warfare) (New York: Knopf, 1993). Un análisis excelente de cómo se aplican los factores culturales en la guerra aérea puede verse en la obra del teniente coronel Pat Pentland, “Análisis de Centros de Gravedad y Teorías del Caos: O Cómo se Forman, Funcionan y Fallan las Sociedades (Center of Gravity Analysis and Chaos Theory: Or How Societies Form, Function and Fail)” (Maxwell AFB, Ala.: Air War College, 1993); y Paul M. Belbutowski, “Implicaciones Estratégicas de las Culturas en Conflicto (Strategic Implications of Cultures in Conflict)” Parameters 26 (Primavera de 1996): 32–42.

12. Para leer discusiones serias, véase Robert A. Pape, Bombardear para Ganar: Poderío Aéreo y Coacción en la Guerra (Bombing to Win: Air Power and Coercion in War) (Ithaca, N.Y.: Cornell University Press, 1996); y Michael Clarke, “Poderío Aéreo, Fuerza y Coacción (Air Power, Force and Coercion)”, en The Dynamics of Air Power, ed. Andrew Lambert y Arthur C. Williamson (Bracknell: Royal Air Force Staff College, 1996).

13. Una excelente discusión de este proceso se encuentra en la obra del teniente coronel Maris McCrabb, “Planificación de la Campaña Aérea (Air Campaign Planning)”, Airpower Journal 7, no. 2 (Verano de 1993): 11–22; y David E. Thaler y David A. Shlapak, Perspectivas sobre la Planificación de la Campaña Aérea en el Teatro de Acciones (Perspectives on Theater Air Campaign Planning) (Santa Monica, Calif.: RAND, 1995).

14. En la actualidad, los aviadores creen en el carácter decisivo de la batalla de la contrafuerza—la batalla por la superioridad aérea. Sin la superioridad aérea—obtenida destruyendo o neutralizando la fuerza aérea y las defensas de tierra del enemigo—todas las demás operaciones militares en tierra, mar y aire serán sumamente difíciles.

15. Aún no se ha escrito un estudio sobre estos guerreros económicos, pero los puntos de vistas de dos participantes pueden encontrarse en (para los estadounidenses) W. W. Rostow, Estrategia del Bombardeo Antes de la Invasión: Decisión del general Eisenhower del 25 de Marzo de 1944 (Pre-Invasion Bombing Strategy: General Eisenhower's Decision of March 25, 1944) (Austin: University of Texas Press, 1981); y (para los británicos) Baron Solly Zuckerman, De Monos a Jefes Militares: La Autobiografía de Solly Zuckerman (From Apes to Warlords: The Autobiography (1904–1946) of Solly Zuckerman) (London: Hamilton, 1978).

16. Véase Alfred C. Mierzejewski, El Colapso de la Economía de Guerra Alemana, 1944-1945: Poderío Aéreo Aliado y el Ferrocarril Nacional Alemán (The Collapse of the German War Economy, 1944–1945: Allied Air Power and the German National Railway) (Chapel Hill: University of North Carolina Press, 1988).

17. Una excelente discusión de estas ideas se encuentra en la obra del mayor Thomas P. Ehrhard, “Explicación del Sistema de Análisis del Poderío Aéreo SAAS (Explaining the SAAS Airpower Analysis Framework)” (tesis de maestría, School of Advanced Airpower Studies, Maxwell AFB, Ala., 1995).


El Coronel Phillip S. Meilinger (Academia de la USAF; Maestría, University of Colorado; Doctorado, University of Michigan) es profesor de estrategia del US Naval War College en Newport, Rhode Island. Entre 1991 y 1995, sirvió como decano de la School of Advanced Airpower Studies en Maxwell AFB, Alabama. Como piloto de comando, ha volado aviones C-130 y HC-130 tanto en Europa como en el Pacífico, y entre 1989 y 1991 sirvió en el Estado Mayor del Aire en el Pentágono. Es autor de Hoyt S. Vandenberg: La Vida de un General (Hoyt S. Vandenberg: The Life of a General) (Indiana University Press, 1989) y de 10 Propuestas sobre Poderío Aéreo (10 Propositions Regarding Airpower) (Programa de Museos e Historia de la Fuerza Aérea, 1995); ambas obras se encuentran en la lista de lectura profesional obligatoria del comando conjunto de la Fuerza Aérea. También es editor y coautor de Las Rutas del Cielo: La Evolución de la Teoría del Poderío Aéreo (The Paths of Heaven: The Evolution of Airpower Theory) (Air University Press, 1997) y ha publicado numerosos artículos sobre teoría, historia y empleo del poderío aéreo. El Coronel Meilinger es graduado de la Escuela de Oficiales de Escuadrón, de la Universidad del Comando y Estado Mayor Aéreo, y de la Universidad de la Defensa Nacional de los EE.UU.

 

No debe entenderse que nuestra revista representa la política de la Secretaría de Defensa, la Fuerza Aérea de los EE.U.U. o la Universidad del Aire. Más bien su contenido refleja la opionión de los autores sin tener carácter oficial. Está autorizado a reproducir los artículos en esta edición sin permiso. Por favor, si los reproduce, mencione la fuente, Aerospace Power Journal, y el nombre de los autores.


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