Air & Space Power Journal - Español Otoño 1996

Volviendo a Definir el Papel Que Desempeñan el Poder Civil y las Fuerzas Armadas
En las Democracias de Iberoamérica

Teniente Coronel David G. Bradford, USAF

El Dr. Lou Goodman, a cargo del Proyecto Democrático en la Universidad Americana, da por sentado que: "A fin de que la democracia se establezca en América Latina, tanto los líderes militares como los civiles deben adoptar nuevas funciones. La confusión de la actual democracia pluralista es muy distinta al dominio militar en la América Latina del pasado. Las Fuerzas Armadas constituyen una de las instituciones formales más sólidas en aquellas sociedades en extrema necesidad de coherencia política y social. Si no se adoptan nuevas funciones que promuevan la confianza y la cooperación entre civiles y militares, el futuro de América Latina continuará confuso." Estoy totalmente de acuerdo con la evaluación de Goodman que al volver a definir los papeles que desempeñan las relaciones cívico-militares en América Latina es fundamental para el fortalecimiento de la democracia, fomentar lazos socio-económicos más fuertes y estabilizar la región que crece en importancia.

Las naciones de América Latina (conocidas en el ambiente estadounidense militar como el Teatro Sur), salvo las naciones del Caribe, constituyen una de las regiones donde se ha suscitado el más dramático resurgimiento a nivel mundial. Es aquí donde las democracias nacientes y/o resurgentes florecen, los aspectos económicos experimentan cambios vertiginosos de un día a otro, y las funciones cívico-militares vuelven a definirse abierta y libremente. Este último factor, por sí sólo, es asombroso si se toma en cuenta el control que mediante la intimidación y la violencia, que algunos regímenes militares han tenido sobre muchos de los gobiernos del Teatro del Sur. Solamente en la última década las naciones en el teatro han vivido transiciones de gobierno militar a civil con el consecuente regreso a la democracia, pero lo que queda de la década será una época de observación y ver si los sables se envainan de manera permanente.

A fin de cerciorarse que los sables permanezcan en sus respectivas vainas, es esencial que los gobiernos civiles ejerzan un control determinante sobre sus respectivas fuerzas armadas. De ahí que, no sólo es importante que los gobiernos civiles comprendan y respeten sino que además definan los papeles que desempeñan las fuerzas armadas y la ingerencia que las mismas pueden tener, y tienen, en una democracia. Para ello, existen preguntas de carácter político que se deben responder a fin de comprender el papel que desempeña la persona que tiene a cargo el mando militar. Por ejemplo:

- ¿Qué papel desempeñan las fuerzas armadas en la política, la economía y las metas sociales de una nación?

- En la medida en que se decrecen las amenazas internas y externas en la región, ¿cuáles son los planes para disminuir los gastos de las fuerzas armadas y cuál es el mínimo?

- ¿Pueden, o están dispuestos, los militares a convertir sus batallones de combate en batallones de asuntos cívicos para ayudar en el proceso de formación de la nación?

- ¿Se convertirán los militares en fuerzas policiales o para-militares a semejanza de los modelos de Costa Rica y Panamá?

- ¿Acaso al perder el papel principal del gobierno de la nación será eso un presagio de golpe de estado?

La importancia del Teatro Sur

Quizás antes de ir muy lejos en tratar de definir cuán necesario es el papel que desempeñan las naciones del Teatro Sur y sus Fuerzas Armadas, existe una pregunta fundamental que se debe contestar. ¿Resulta importante el Teatro Sur para los intereses estratégicos de EE.UU. e incluso los mundiales? De hecho, ¿debería inquietarnos lo que sucede en una parte del mundo donde viven 450 millones de personas, quienes deben a los bancos mundiales y a los EE.UU. más de US$300 mil millones y donde se cosecha el 100% de la cocaína del mundo (y un gran porcentaje de la heroína) la cual causa ruinas económicas y sociológicas incalculables?

En uno de los razonamientos se alega que el Teatro Sur es de gran trascendencia, destaca su creciente fortaleza económica, muestra una creciente tendencia a recibir nuevos habitantes por medio de la inmigración y demuestra que los estupefacientes y sus peligrosas consecuencias constituyen una amenaza para la seguridad de los EE.UU., y también aduce sobre la degradación ambiental de los frágiles ecosistemas y cómo todo eso afectará al Hemisferio Occidental. Más significativo aún, es que se podría argumentar que en vista de que la balanza se inclina a favor de la democracia, sería esencial considerar a estas naciones como parte integral de la defensa de los intereses estratégicos democráticos.

Los razonamientos a favor de si se debe pasar por alto al Teatro Sur son igual de poderosos. Gran parte del comercio mundial está centralizado en Europa y en el lejano Oriente y las naciones del Teatro Sur no tienen gran importancia económica. Los opositores al Tratado del Libre Comercio del Norte de las Américas continúan destacando que la corrupción y la ineficiencia nunca darán lugar a un intercambio provechoso. La devaluación masiva del peso mexicano durante la Navidad de 1994, la sostenida Guerra Civil en Chiapas y el caos en la banca y el gobierno sólo sirven para corroborar sus argumentos. Incluso, durante la Guerra Fría, las administraciones subsiguientes sustentaron que los EE.UU. no tenía que mirar hacia el sur a pesar de que dentro del Hemisferio, Cuba, Nicaragua, Perú y algunas naciones del Caribe tenían gobiernos marxista-leninistas.

No obstante, existen cambios dentro del teatro que benefician tanto a los Estados Unidos como al resto del mundo que le dan a la región un interés vital. Primero, la elección propagada de gobiernos dirigidos por civiles en el teatro alimentan las esperanzas tanto optimistas como exageradas para el futuro. Dicho optimismo, junto con la amenaza modificada a raíz de la caída del comunismo, ofrece a los Estados Unidos la oportunidad de lograr uno de sus objetivos permanentes sobre la seguridad nacional, anteriormente fuerza de alcance, a saber... un mundo estable y seguro, que promueva la libertad política, los derechos humanos y las instituciones democráticas.1

Segundo, las democracias del Teatro Sur son en parte frágiles. La formalidad de los gobernantes elegidos casi siempre es dudosa a causa de que los partidos políticos son inadecuados, y en parte por la dinámica social de la desnutrición, el analfabetismo y la pobreza, las que se pueden convertir rápidamente en confusión. De ahí que, las fuerzas armadas del Teatro Sur continuan siendo un adversario político formidable. La condición actual limita los peligros a corto plazo del regreso de algún gobierno militar, incluso en el Perú, especialmente mientras los militares permanecen inciertos sobre las reglas del juego en la era de la Posguerra Fría. No obstante, el funesto rendimiento por parte de los líderes civiles o su incapacidad de cumplir con las expectativas populares podrían seriamente socavar los gobiernos democráticos. Esto daría cabida al regreso del gobierno militar.

En busca de nuevas funciones

Algunos años atrás, se comenzaron a tratar estos mismos problemas en una serie de notables reuniones políticas internacionales. La Conferencia de Contadora de junio de 1984 creó iniciativas que marcaron el comienzo de los esfuerzos para tratar dichos problemas y encontrar una función distinta para las fuerzas armadas que no fuera la de ser el único instrumento de poder con el que podía contar una nación para resolver un conflicto. Los Acuerdos de Esquipula, ratificados en agosto de 1987, fomentaron aún más los esfuerzos de reformas comprometiendo a los gobiernos de América Central en la senda de la democracia, disminuyendo los ejércitos y no apoyando a las insurgencias extraterritoriales.

Los Acuerdos de Esquipula exigen un análisis del papel que desempeñan las fuerzas armadas de la región en política, economía y progreso social, lo cual dio lugar a la creación de la Comisión de Seguridad de la América Central (Central America Security Commission - CASC). El estudio realizado por la CASC de esos temas recibió empuje en febrero de 1990 a raíz de la derrota electoral del régimen militar de Ortega en Nicaragua, y la subsiguiente desmobilización de la resistencia y la reducción de las Fuerzas Armadas. Hoy en día, la CASC continúa tratando temas tales como:

- ¿Cuál es el papel que desempeñan las fuerzas armadas nacionales en un mundo exento de amenaza externa?

- ¿Cuáles son las prioridades de los presupuestos militares y la evolución de las misiones militares una vez consolidados los sistemas políticos pluralistas-democráticos?

- ¿Cómo percibe la sociedad civil a las fuerzas armadas?

- ¿Puede haber una separación equitativa de los sistemas judiciales civil y militar?

- ¿Qué clase de relaciones internacionales involucran a los militares y la asistencia militar internacional? y

- ¿Cuáles son las ventajas y desventajas de tratar nuevos temas tales como el medio ambiente, la violencia interna, las misiones de paz de la ONU y combatir la proliferación del tráfico de estupefacientes?

Los líderes civiles están conscientes de que deben abordar estas preguntas al igual que resolver los problemas de la actualidad. Sin embargo, a veces los impide la mera idea de reformar las funciones de los militares. Los presupuestos militares, en la práctica, son reducidos, o sea del 2 al 3 porciento del producto nacional bruto, pero las leyes económicas deficientes han ocasionado que los recursos escaseen y que se reduzca el presupuesto militar. Además, los líderes políticos a veces carecen de nuevas ideas para llevar a cabo reformas y, en muchos casos, de voluntad. Como primer paso, la reestructuración y consolidación de las fuerzas militares es una meta digna de aspirar pero existen mejores maneras para llevarla a cabo.

Hacer hincapié en el carácter conjunto de las fuerzas armadas, lo que se comprobó de manera dramática y poderosa en el desierto de Arabia Saudita, a su manera restará importancia al concepto de fuerzas en gran escala y recalcará la eficiencia y eficacia de fuerzas conjuntas. Luego de establecer un poco de eficiencia y consolidar algo de las fuerzas militares, se podrán tratar las funciones con más eficacia. Estas son ideas que comprenden los profesionales. El problema consiste en que los civiles comprendan el concepto de "realce" de las fuerzas armadas. El realce no significa desmobilización, desmilitarización o incluso desarme. Si utilizamos la definición de Diane Fane, realce es: "Un proceso complejo que es evidente en actitudes sociales, en estructuras institucionales nuevas y aquellas en evolución, en la repartición de menores recursos económicos a los militares, y en nuevas actitudes militares... Es, ante todo, un cambio de actitud que proviene de las fuerzas armadas y de líderes civiles ilustrados."2

Para comenzar, tanto los líderes civiles como los militares deben poseer una estrategia común que comparten en su totalidad y con la que están de acuerdo. Los líderes deben, de manera conjunta, darle prioridad a las metas de la nación. Seguido de la muerte del líder comunista Mao, los nuevos líderes de la República Popular China establecieron cuatro metas nacionales: agricultura, modernización industrial, investigación y adquisición científica y tecnológica, y por último actualizar y modernizar las fuerzas armadas. Pero poner de último los intereses de las fuerzas armadas no resultó ser un buen presagio para las mismas. En vista de que no se llegó a un acuerdo cabal, se exacerbó hasta la sublevación en la Plaza Tianamen. El poder militar regresó a ocupar su primer lugar.

Antes de darle prioridad a las metas nacionales y de categorizar a los militares, existen cinco conceptos acerca de la función que desempeñan las fuerzas armadas en las cuales deben concordar los líderes conjuntos.

- Primero, se deben establecer definiciones con respecto al tamaño y la función de las fuerzas militares dentro del contexto de la seguridad nacional.

- Segundo, la nación debe decidir, mediante elecciones libres y bien difundidas, si va a mantener una fuerza militar para el futuro previsible o si convertirán las fuerzas armadas en una guardia civil o fuerza policial.

- Tercero, si se conservan las fuerzas armadas, deben elaborar directrices institucionales que las supediten al gobierno civil elegido democráticamente, aunque esto signifique cambios en la constitución actual.

- Cuarto, conservar una organización militar significa que los líderes civiles tienen la responsabilidad de establecer algún medio cierto para informarles sobre las inquietudes de seguridad nacional, parecido al papel que desempeña el Jefe del Estado Mayor Conjunto con el Poder Ejecutivo en el marco estadounidense, por falta de mejor ejemplo.

- Por último, los líderes civiles deben fortalecer su voluntad política para mantener la supremacía institucional sobre sus militares. Esto significa que sólo los líderes elegidos democráticamente pueden ejercer el poder del estado y no podrán ser controlados por medio de la coacción.

Estos conceptos también sugieren que los líderes militares deben poseer una visión y entendimiento de sus propias funciones dentro de una democracia en progreso. Esa visión y entendimiento debe permitirles abandonar el interés que tienen de mantener intacto su sistema tradicional "separado y más equitativo" a fin de preservar el poder de su organización. De ahí que, su primer reto es romper los lazos que les atan a sistemas políticos y supeditarse a un control civil eficaz. Lo que será supremamente elemental es una política a largo plazo que corte lentamente los lazos que les amarran a las largas eras de gobierno militar. Acompañados de madurez, las funciones pueden definirse aún más y pueden llevarse a cabo cambios importantes mediante enmiendas a las constituciones nacionales. De cualquier manera, se deben considerar a las fuerzas militares como parte esencial del proceso democrático.

La dicotomía de las relaciones cívico-militares

El paso más importante de "envainar sus sables" que ahora los militares del Teatro Sur pueden tomar es separarse de los procesos diarios del gobierno, del Poder Judicial y de la participación directa como empresa-suplidor-competidor en la economía de la nación. El Comando Sur de los Estados Unidos comenzó un programa mediante el cual se informaba a los militares aliados cómo asumir su papel como parte de los formadores de la nación, sin competir con la empresa privada. Este programa ha ayudado a muchas naciones a mejorar su potencial socio-económico lo cual a su vez incrementó su estabilidad política. Existe un efecto secundario en este programa y es que aumenta el prestigio de las fuerzas armadas, algo que no quieren muchos civiles. He aquí la dicotomía de las relaciones cívico-militares. Ciertas acciones que los militares pueden realizar para ayudar a su nación, incluso pueden mermar el prestigio de las agencias civiles gubernamentales a menos que los militares formen parte del esfuerzo de ese gobierno. Cada situación es distinta, pero existen conceptos comunes que deben tomarse en consideración.

Primero, tenemos el tamaño del cuerpo militar combinado que sobrepasa los 1,200,000 efectivos armados, indistintamente de la ausencia de amenazas militares externas discernibles (con excepciones dispersas).2 Entre las naciones del Teatro Sur solamente se han llevado a cabo tres guerras internacionales durante su siglo y medio de independencia política. Solamente seis de las repúblicas originales han estado involucradas en estas guerras y, a pesar de que las disputas territoriales que han surgido ocasionalmente se han convertido en hostilidades a corto plazo, por lo regular, las fuerzas armadas han visto acción principalmente en los frecuentes golpes de estado. Dentro de este contexto, es sorprendente e irracional mantener grandes instituciones militares equipadas, en muchos casos, con armamento moderno y ultramoderno.

Una de las razones por la cual aún existen las fuerzas militares es que, hasta hace poco, los gobiernos de muchos países han sido guiados por los militares, y ello ha constituido la única fuente de liderazgo capaz de dirigir una nación. De ahí que, las grandes organizaciones militares, que incurren en muchos gastos, estaban justificadas a causa del origen y asuntos en que estaban involucrados los gobiernos dominados por los militares. Por ejemplo, las unidades militares de ingeniería civil están acostumbradas a construir caminos y puentes, y a llevar a cabo toda clase de proyectos de obras públicas. Las unidades militares médicas suelen ser a menudo el único recurso de atención médica disponible para la población civil ubicada en lugares aislados. Las armadas y las fuerzas aéreas proveen servicios de transportación a la población civil en lugares donde estos servicios no son posibles de manera comercial. Las fuerzas militares también se involucran en importantes actividades cartográficas, meteorológicas e hidrográficas. Todos estos servicios son importantes para el bienestar de cualquier nación.

Sin embargo, hay excesos que no son saludables. Muchas de las fuerzas armadas retienen e imponen el servicio militar obligatorio para así llenar las filas de numerosas organizaciones militares, es un programa que cuenta con poco o ningún apoyo popular. El resultado es la incorporación de reclutas desnutridos, prácticamente analfabetos y difíciles de entrenar quienes permanecen exactamente un año y contribuyen poco o nada a las fuerzas militares, a menos que no sea la de llenar las filas de batallones mal equipados. Los programas de leva conducen a abusos tales como extorsionar dinero de familias que no quieren que sus hijos sean reclutados o extorsionar a los mimos reclutas. Casi todas las naciones tratan de eliminar el sistema del servicio militar obligatorio y esto ha cobrado intensidad a medida que la democracia toma fuerza.

El congreso de la Argentina examinó una ley para eliminar el servicio militar obligatorio en 1995. Honduras, como parte de una promesa del Presidente Carlos Reina, adoptó una legislación en mayo de 1994 la cual cambia la constitución y le pone fin al servicio militar obligatorio. Uruguay y Nicaragua ya han eliminado sus servicios obligatorios mientras que Panamá eliminó del todo sus Fuerzas Armadas. En Chile, una nación que aún tiene como jefe de las Fuerzas Armadas a un ex-dictador militar, existen protestas organizadas en contra del servicio militar obligatorio. Paraguay, una nación que tuvo un gobierno militar dictatorial por 38 años, está examinando sus leyes de conscripción. Protestas y discusiones similares se están llevando a cabo en Guatemala.3

Muchas naciones están tratando de poner fin a la conscripción, a la leva (y a la extorsión) y utilizan el servicio militar de manera más constructiva. Brasil ofrece servicios alternativos para aquellos que no desean ingresar al servicio militar; y otras naciones que buscan una manera más constructiva de emplear sus militares podrían ver la manera en que este país emplea sus Fuerzas Armadas en el proceso de formación de la nación. Otras naciones están dedicando tiempo para educar a sus nuevos reclutas con destrezas técnicas que serán remuneradas mediante el crecimiento sociológico y económico. A medida que la democracia se afianza y la economía crece, habrán llamados a abandonar completamente las fuerzas armadas, tal como lo han hecho Panamá y Costa Rica, y en su lugar instituir un programa obligatorio de compromiso al servicio nacional. Este concepto, estudiado y descartado por los Estados Unidos, es muy costoso e ineficaz. No obstante, esto no debe empañar los planes para establecer este programa en otro lugar. Existen grandes ventajas al eliminar el servicio obligatorio si esto reduce, moderniza y recluta fuerzas armadas de voluntarios.

El reducir, modernizar y contar con fuerzas armadas de voluntarios puede traer consigo cambios de gran envergadura en la organización para las actuales estructuras militares. Por ejemplo, el despliegue rápido de fuerzas dotadas con helicópteros y camiones antiguos para movilizarlas son candidatos ideales para reestructurarlas en brigadas de acción cívica y asistencia humanitaria. Esta brigada consistiría en un batallón de infantería (seguridad), un batallón de personal médico con pequeñas clínicas móviles, y un batallón de ingenieros. Los batallones de asistencia cívica pueden dividirse en unidades más pequeñas que consistan en una compañía de ingenieros y fuerza médica y de seguridad, respectivamente. Lo que se podría lograr con esta organización reducida es promover el fomento nacional, un papel que los militares están muy bien capacitados para desempeñar. Si se lleva a cabo con éxito, abre las puertas a la industria civil y el crecimento.

Unida a la reorganización, se encuentra la necesidad de que los militares reduzcan sus fuerzas. La manera más rápida es despojarse de sus funciones gubernamentales, v.gr., administración de cárceles, inmigración y aduana, y reemplazarlas con agencias operadas y controladas por civiles. Esta no será una tarea fácil ya que tomará como mínimo cinco años para implementarla y millones de dólares de asistencia externa para adiestrar personal civil capaz de manejar agencias que fueron administradas por militares durante muchos tiempo. No obstante, la implementación exitosa de esta tarea pronostica un buen fortalecimiento de la democracia y las futuras reformas militares.

La naturaleza institucional de las fuerzas armadas

Estos ejemplos pueden servir como base para realzar aún más el papel que desempeñan las Fuerzas Armadas y su reestructuración, y mostrar el camino de cómo utilizar las facultades existentes para llevar a cabo reformas socioeconómicas y ser un recurso invalorable para la construcción de la nación. Sin embargo, llevar a cabo estos cambios va a resultar difícil, doloroso y casi imposible de aceptar para los militares a causa de su legado institucional. La historia de los militares en América Latina es una llena de características de alto prestigio y condiciones casi sacrosantos. No obstante, cabe destacar que estas características no son contradictorias a las de los líderes civiles. Costa Rica, México y Belice han podido elaborar un sistema político que no depende del "consentimiento" militar para aprobarlo. Colombia y Venezuela, en una escala menor, parecen estar encaminados hacia el mismo grado de éxito. No obstante, otros gobiernos del Teatro Sur han permitido esta situación por diversas razones, pero principalmente porque la institución militar ha sido en su mayor parte la organización nacional más coherente y el poder judicial ha sido notablemente inconsistente. Otras razones abarcan la sensatez de los políticos civiles de no desafiar a los militares por el poder nacional, de no cambiar un sistema en el que tanto los políticos como los líderes militares se han utilizado los unos a los otros en beneficio propio o de la organización, y de no enmendar las constituciones que estipulan que los militares son los que garantizan finalmente la voluntad política nacional.

Es importante comprender el concepto de las fuerzas armadas como garantes finales del poder político nacional ya que el mismo le ha concedido derechos políticos a los militares. Esta concesión le permite a las fuerzas armadas desempeñar papeles dentro de su sociedad que son inaceptables según los sistemas jurídicos estadounidenses e ingleses. La función principal que asume las fuerzas armadas constituye una voz política segura y es generalmente aceptada y reconocida por los líderes civiles. Por lo general, enfocar el poder político desde el punto de vista del "Código Napoleónico" ha mantenido la región bajo el mando militar y ha impedido el desarrollo "normal" de instituciones políticas capaces de oponerse al poder militar. Un programa eficaz para mejorar las condiciones prevalentes podría ayudar a eliminar las barreras que impiden dicha evolución y, al mismo tiempo, fortalecerían las misiones de los Estados Unidos en el teatro, tales como: ayuda a los países, programas para combatir el tráfico de estupefacientes y reforzar la insurgencia, y reforzar el fomento socio-económico.

Un tema de gran importancia se presenta en las casos continuos de las contrainsurgencia latente de la región. Una conciliación de la guerra de guerrillas elevaría la confianza de todos los países en el teatro e incluso, proporcionaría una base sólida para emitir validos juicios de seguridad. De ahí que, se podría llevar a cabo una reducción acertada de las fuerzas militares. En vista de la naturaleza de las instituciones militares del Teatro Sur, será una tarea difícil explicar y quizás convencer a los militares que estos cambios son necesarios. A veces el hecho de que son jerárquicos, dotados de gran orgullo interno y lealtad, se percibe como la antítesis de la democracia. Entre otras características se puede mencionar su inclinación a tomar medidas y su inquietud frente a las interferencias externas burocráticas. Además, muchos profesionales militares creen que la concentración del poder en una persona, ya sea un comandante militar o un presidente, es un concepto desastroso.

Con estas, y otras actitudes generalizadas, ha sido difícil efectuar cambios. Un cambio que, entre otras cosas, debiera iniciarse de inmediato es enseñarle a los líderes civiles cómo elaborar un presupuesto para las fuerzas armadas. Paralelamente, se les debe enseñar a los militares cómo defenderlo y al poder legislativo cómo verificarlo. Estas medidas son necesarias para integrar a los militares a la comunidad civil, hacer que expresen públicamente cuán necesario es contar con más efectivos, equipo y recursos. Incluso crearía un debate público sobre las amenazas, tanto regionales como internas, y produciría el flujo deseado de información que necesita una democracia para florecer. Además, este cambio lograría que los militares llevasen a cabo proyectos constructivos para la población a fin de conseguir que aprueben su presupuesto. Todas estas sugerencias requerirán de medidas que aumenten la seguridad en si mismos y tiempo para lograrlas.

Estos cambios podrían ser llevados a cabo conjuntamente de manera que los militares no sean ni puedan ser excluidos del proceso político. El hecho de que se excluya a los militares de la política no garantiza la paz - sólo garantiza que aquellos que están al mando de los militares sean obtusos políticamente. Por lo tanto, exigir que las fuerzas militares sean apolíticas es una farsa. Además significa que debe haber un sistema que enseñe a las fuerzas armadas cómo comprender a cabalidad el papel que desempeñan en una democracia. La mayoría de las fuerzas armadas del Teatro Sur cuentan con oficiales y suboficiales inteligentes y dedicados a su profesión, que son técnicamente diestros, y que trabajan largas horas voluntariamente en condiciones difíciles; desean vehementemente el reconocimiento y sienten que están mal remunerados. Lamentablemente, a esos mismos oficiales jamás se les ha premiado por ser ingeniosos y se ven forzados a sucumbir ante el soborno y otros actos deshonrosos.

Incluso, una función verdadera de los militares dentro de una democracia significaría que tendrían que despojarse de "negocios" que compiten con las organizaciones civiles. Existen algunos negocios que están mejor en manos de los militares. Por ejemplo, el Ejército de Liberación Popular de la República de China se alimenta a sí mismo. Esto reduce el presupuesto que de otra manera requeriría de millones para alimentar a su ejército de 3,000,000 de efectivos. Una de las consecuencias de ser quien tiene el sable en la mano en una democracia acosada con problemas económicos, se mostraría a los militares, como el máximo exponente, de la mentalidad provincial. Participarían en guerras presupuestarias que estimularían la rivalidad entre los servicios, lo cual significa que se opondrían a trabajar mancomundamente. Además, competirían por fondos y misiones. El instinto de conservación enfocaría las energías de una organización hacia asuntos corrientes tales como la justificación de su fuerza numérica, la preservación de las organizaciones y preservar los programas de armamento que acarean prestigio. La verdadera prueba consiste en responder a las siguientes preguntas: "¿Qué harán finalmente los militares, dónde, de qué manera y con qué fin aplicarán la fuerza para proteger los intereses de su país?" Las respuestas deben satisfacer a los militares y, no menos importante, satisfacer la necesidad del militar de contar con el apoyo político y popular.

El volver a definir los papeles que desempeñan los que están a cargo del poder en Iberoamérica constituye un elemento importante de la democracia, y si se hace con sabiduría y perseverancia, puede servir para crear una agencia de gobierno bien establecida para servir al pueblo. Ahora la puerta está abierta y a través de ella fluye una nueva corriente de aire para agilizar la disolución de antiguas divisiones y por ende, labrar el camino para una reducción de fuerzas y un control civil más permanente. Si eso sucede, los militares y los países de latinoamérica podrían surgir mejor equipados para lidiar con los retos de la era de la pos-Guerra Fría y del siglo XXI.

Notas:

1. National Security Strategy of the  United States, Jefes de Estado Mayor Conjunto, Washington DC, marzo de 1992.

2. Diane Fane,"The Demilitarization of the Soviet Union," The Washington Quarterly, Primavera de 1990, 12-13.

3. Tim Johnson, "The Military," The Miami Herald-The Summit Supplement, 5 de diciembre de 1994, 28SA-29SA.

4. William R. Long, "Latin Nations Dump Military Draft," The Miami Herald-International Edition, 26 de octubre de 1994, 1A-3A


Colaborador:

El Teniente Coronel David G. Bradford ,(Bachillerato, Universidad de Southwest, Texas; Maestría, Universidad de Northern Colorado) es Analista de Doctrina Militar en el Colegio de Doctrina, Investigación y Educación Aeroespacial. Mientras ocupaba el cargo de Jefe de la Oficina de Estrategia del Comando Sur en Panamá, participó en la redacción del manual de Estrategia del Teatro de Operaciones y del Plan de la Compaña Antidrogas del Comando. Es graduado de la Escuela de Comando y Estado Mayor General del Ejército de EE.UU., de la Escuela de Comando y Estado Mayor de la Fuerza Aérea y de la Escuela Superior de Guerra Aérea.

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